Lempira: …y de la épica hazaña en memoria…
Por Paúl Martínez. Universidad Nacional Autónoma de Honduras, Fototeca Nacional Universitaria.
Estudio previo a la realización del mural al fresco en honor a Lempira pintado por Arturo López Rodezno en la Escuela Nacional de Bellas de Artes en 1937. Imagen de autor desconocido, copia en papel fotográfico blanco y negro 20.5 x 20.5 cm, colección familiar
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Resumen
El presente escrito es una reflexión sobre la imagen que a lo largo de la historia y en la actualidad tiene la figura de Lempira, héroe indígena que lideraría la mayor lucha de resistencia al dominio colonial español en el primer medio siglo de conquista en Honduras. Su referencia han sido siempre los mismos documentos coloniales de aquellos que dominaron la zona histórica habitada por el pueblo lenca, en el presente, la tradición ha convertido su historia en una fuente de identidad para las comunidades del departamento de Lempira, en donde sitios como Congolón, Coyocutena o Piedra Parada son espacios de visita obligada y lugares importantes para la población local.
Escultura en bronce de Gonzalo Fernández de Oviedo, obra del escultor Joaquín Vaquero Turcios del año 1976 y que recibe a los visitantes en la Fortaleza de Santo Domingo, en la República Dominicana. Fernández de Oviedo fue uno de los principales cronistas que dejaron escrita la historia de las primeras décadas de conquista española en América, incluida nuestra nación. Fotografía en formato digital 35 por Paúl Martínez, 2025
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Un continente que siempre ha estado aquí
Desde mediados del siglo XV que Europa incrementa sus exploraciones del océano Atlántico, sus aguas y las tierras hacia la otra orilla despertaron fantasías y leyendas de todo tipo. Y lo qué exactamente “descubrieron” ha sido siempre un tema de debate, pues solo se descubre aquello que no es conocido, y si un continente entero ha sido habitado durante milenios por distintos pueblos como lo ha sido América antes del arribo de los auto nombrados primeros europeos, pues es hasta risible llamar descubrimiento a su llegada en las postrimerías del siglo XV. Sumado a ello, desde los primeros cronistas europeos en América, sus habitantes fueron mostrados como libertinos seres que no portaban ninguna ropa y que se comían unos a otros en especies de barbacoa al aire libre como se muestra en el grabado inferior, representación inexacta que se ha repetido más de lo debido al transcurrir de los siglos, y que inclusive nosotros mismos como americanos hemos aportado a su repetición sin mayores reflexiones al respecto.
Grabado que muestra a Américo Vespucio en sus viajes de exploración por el continente americano, publicado en: Alexander von Humboldt. (2021). Examen crítico de la historia de la geografía del Nuevo Continente. Colón, Vespucio y su época. Josefina Gómez Mendoza y Miguel Ángel Puig-Samper, editores. Madrid: Doce Calles Editores, Fundación Ramón Areces y Universidad Autónoma de Madrid. p. 472
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El historiador nacional Marcos Carías Zapata (1938-2018) reunió en un libro seis cronistas que relataron ese primer siglo de conquista española, no solo en Honduras sino de América en general. Da prioridad a los relatos sobre nuestro país y es una excelente guía para entender ese primer siglo que bien o mal condicionó el desarrollo nuestro para los siglos venideros. En la última parte de su texto de introducción, Carías Zapata expresa «Finalmente, que el conocimiento de estos cronistas y de sus crónicas sobre la conquista de Honduras sirva de estímulo al afán por conocer la historia de este país, a partir de las fuentes originales» (Carías Zapata, 2009, p. 23). Y lleva toda la razón, conociendo los relatos de primera mano de quienes fueron testigos de los hechos es una forma de darnos una idea de lo qué eran nuestras sociedades al momento del arribo de los europeos, conocimiento de nuestro pasado que debe ir de la mano de investigaciones arqueológicas que nos den pistas del cómo éramos en ese siglo XV que cambió para siempre a nuestras actuales naciones. Mesoamérica, la zona cultural en donde históricamente ha habitado el pueblo lenca, ha sido cuna de grandes civilizaciones a lo largo del último milenio. Sociedades complejas y desarrolladas cuyo refinamiento puede admirarse en innumerables obras de arte que sus pueblos originales nos han legado, documentos visuales que desmienten la visión de barbarie, atraso y precariedad que a lo largo de los siglos las potencias coloniales han querido hacer prevalecer sobre los antiguos pobladores de la región, y en especial de Mesoamérica.
Detalle de vasija de alabastro, Copán. Ilustración realizada por Paúl Martínez en base a fotografía de Justin Kerr publicada en Alejandra Martínez de Velasco Cortina y María Elena Vega Villalobos. Editoras. (2015). Los Mayas. Voces de piedra. Ciudad de México: Turner, Ambar Diseño, S. A., Universidad Nacional Autónoma de México. p. 252
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El ornamentado atavío de los nobles y soberanos mayas representado en los profusos registros en obras de arte heredadas de esta civilización no deja duda de su compleja y refinada sociedad, como lo admiramos en el dibujo superior. Igual puede verse en el arte prehispánico de la zona lenca, como el detalle del polícromo del Ulúa abajo reproducido.
Detalle de vasija polícroma del Ulúa, dibujada por Arturo López Rodezno. Imagen de autor desconocido, fotografía en película reversible a color formato 35mm, colección familiar
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…como un águila herido rodó desde el peñón.
Daniel Laínez (1908-1959) recoge en su poema titulado Lempira la leyenda que por siglos se ha transmitido del artero ardid que al héroe indígena tendió el conquistador español para doblegar su resistencia a la invasión europea en el primer medio siglo de colonia en Honduras. Cuenta la tradición -basada en el cronista real Antonio de Herrera (1549-1625)-, que ante la imposibilidad de vencer en batalla al ejército liderado por Lempira, el capitán Alonso de Cáceres envío una avanzada con una bandera blanca en señal de paz para acercarse a él, y detrás del mensajero venía escondido un soldado con un arcabuz listo para dispararle, treta que funcionó y por ello la tradición cuenta que Lempira rodó muerto a traición por las altivas montañas de Cerquín, en el departamento occidental de nuestro país que fue nombrado en su honor: Lempira.
Antonio de Herrera escribió una detallada descripción de la rebelión indígena en la zona lenca que fue liderada por Lempira, nombre que el mismo Herrera traduce como Señor de la Sierra. Detallada según la práctica de la época, pues otros relatos del mismo siglo son escuetos y apenas se detienen en nombres o toponimias indígenas, no así en este caso el cronista Herrera que dedica un par de páginas de sus famosas Décadas a describir la “pacificación” de la zona lenca, especialmente el ardid con el cual Lempira fue vencido. Conocidas como Décadas, el título de su obra es Historia General de los hechos de los castellanos en las Islas y Tierra Firme de la Mar Océano, y en el capítulo XIX narra la asunción del cargo de adelantado por Francisco de Montejo y lo que Herrera denominó la guerra de Cerquín:
…se levantó un valiente indio en una provincia llamada Cerquín, en los términos de la ciudad de Gracias a Dios, puesta entre sierras, dificultosa para ser conquistada. Este indio llamado Lempira, que significa Señor de la Sierra, convocó a todos los señores de la comarca, con los cuales y los naturales juntó a treinta mil hombres; persuadiólos el cobrar la libertad, siendo cosa vergonzosa que tantos y tan valerosos hombres, en su propia tierra, se viesen en la miserable servidumbre de tan pocos extranjeros; ofreció ser su capitán y ponerse a los mayores peligros; aseguró que si estaban unidos sería cierta la victoria para ellos, y prometiendo de seguirle, unos de voluntad y otros por temor, se comenzó la guerra y mataron algunos pocos castellanos que hallaron descuidados por la tierra (Herrera, citado en Carías Zapata, 2009, p. 300).
Visto desde las cercanías de Erandique, el cerro Coyocutena es un espacio donde la tradición sitúa el escenario geográfico de las luchas de Lempira, lo que convierte a este cerro en parte importante del sentimiento de identidad de las comunidades cercanas a él. Juan Pablo Martell, Ca. 1960. Fotografía en película negativa blanco y negro formato 120mm, 6x6 cm
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Si la crónica de Herrera es verídica o no, es un tema que muchos especialistas antes ya han abordado, la citamos en el presente escrito porque bien o mal, este relato ha sido el origen en sí de la idea de Lempira en la historia hondureña, además de que esta narración aporta otras pistas que nos ayudan a entender mejor la cultura lenca y la imagen que debían tener sus soberanos al arribo de los colonizadores europeos a nuestras tierras, Herrera, al narrar los hechos nos deja pistas que hemos imperdonablemente ignorado:
Visto su mucho atrevimiento y que no se hallaba modo para aprovecharse dél, el Capitán Cáceres ordenó que un soldado se pusiese a caballo, tan cerca que un arcabuz le pudiese alcanzar de puntería, y que éste le hablase, amonestándole, «que admitiese la amistad que se le ofrecía», y que otro soldado, estando a las ancas, con el arcabuz le tirase; y ordenado de esta manera, el soldado trabó su plática y dixo sus consejos y persuasiones, y el cacique le respondía: «Que la guerra no había de cansar a los soldados ni espantarlos, y que el que más pudiese, vencería»; y diciendo otras palabras arrogantes, más que de indio, el soldado de las ancas le apuntó cuando vio la ocasión y le dio en la frente, sin que le valiese un morrión que a su usanza tenía, muy galano y empenachado; cayó Lempira rodando por la sierra abaxo, armado de aquellos sayos o corseletes de algodón basteados, muy provechosos para guerra de indios, que usan los castellanos. Con esta muerte de Lempira, que el día antes anduvo muy triste, se levantó gran alboroto y confusión entre los indios, porque muchos, huyendo, se despeñaron por aquellas sierras y otros luego se rindieron (Herrera, citado en Carías Zapata, 2009, p. 301).
El cronista Herrera describe el aspecto que debía tener Lempira como jefe de la resistencia indígena, habla de su elaborado tocado decorado con suntuosas plumas: «…un morrión que a su usanza tenía, muy galano y empenachado…», describe además que su cuerpo era protegido por un atuendo de algodón: «…sayos o corseletes de algodón basteados…», en ningún caso el cronista describe a un indio que solo usa taparrabo y un par de plumas en la cabeza, Lempira era el líder militar de un ejército de miles -Herrera habla de treinta mil hombres-, su indumentaria debía estar a la altura de su responsabilidad, tal como es representada la nobleza o los guerreros en infinidad de piezas de arte prehispánico encontradas en sitios arqueológicos antiguamente habitados por esta cultura.
Escultura erigida en honor a Lempira en el parque homónimo de la ciudad de Erandique, departamento de Lempira. Juan Pablo Martell, Ca. 1960. Fotografía en película negativa blanco y negro formato 120mm, 6x6 cm.
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Lempira representado en el arte hondureño
En el año de 1940 fue instalada en Erandique -municipio del departamento de Lempira-, la primera escultura pública conocida a nivel país que se erige en honor al héroe indígena. Se construyó de hecho el parque homónimo y en el centro del mismo se inauguró en los actos protocolarios del día de independencia de 1940 la estatua en mención, una especie de homenaje del pueblo llano que reclama para sí su herencia histórica. Una nota de prensa publicada nos informa del hecho:
Nuestro corresponsal en Erandique, departamento de Gracias, nos informa que el domingo anterior, en medio del desbordante entusiasmo y fervor patriótico del pueblo, fué colocado en el parque «Lempira» de aquella ciudad el monumento al héroe auténtico y autóctono, máximo paladín de nuestras reinvindicaciones y mártir de la lucha gloriosa por la libertad en los días aciagos del principio del coloniaje, cuando la conquista y la dominación hispana principiaba a sentirse amargamente expoliadora y cruenta (Erandique rinde homenaje al gran cacique Lempira, 1940, p. 1).
Recordemos que Lempira era en ese lejano 1940 un departamento casi aislado del resto del país, de hecho, en la nota se menciona departamento de Gracias, lo que era común para la época en la prensa nacional. Otra nota de 1941 refiere que fue inaugurado dicho monumento en las fiestas de independencia del año anterior:
También en la plaza principal de Erandique fue inaugurado el 15 de septiembre último una elegante estatua de Lempira, la que se colocó en el pedestal construido en el centro del parque que lleva el nombre del Cacique. Se trata de un esfuerzo patriótico de la municipalidad de Erandique de 1940, que recibió todo apoyo del señor Presidente Carías. La inauguración fue motivo de una animada fiesta cívica (Tres Monumentos a Lempira en el Depmto. de Gracias, 1941, p. 1).
Informa también la nota antes citada, que ya se habían iniciado a reunir contribuciones espontáneas para la escultura en honor a Lempira que se erigió después en el parque central de Gracias -cabecera departamental de Lempira-, como una continuación de ese renacer de su figura, quizá en parte por la revalorización de la resistencia por él liderada que fundamentó en buena medida su declaratoria en 1926 del nombre Lempira como moneda nacional, que si bien sucede casi dos décadas atrás de estas esculturas en su honor líneas atrás mencionadas, recordemos que es hasta 1932 cuando aparece en sí la moneda acuñada por el Estado hondureño en donde se graba su rostro -inexacto por cierto, pero al fin de cuentas un rostro que se afirmaba era el retrato de Lempira-. En ambas esculturas -tanto en Erandique como en Gracias-, aparece vestido con una piel a modo de taparrabo, en ambas sostiene un arco, y tres plumas coronan su cabeza. Desconocemos el autor de ambas esculturas, las que estéticamente son muy similares, y si tomamos en cuenta la relativa cercanía de su erección -la primera mitad de la década de los cuarenta-, es posible haya sido el mismo artista el que las elaboró.
Escultura de Lempira en el parque central de Gracias, igual que su similar de Erandique, viste apenas una piel a modo de taparrabo y tres plumas en la cabeza son todo su decorado. Fotografía en formato digital 35 por Paúl Martínez, 2014.
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No cabe duda que a la llegada de Europa a América nacieron nuevas culturas, identidades, regiones, pueblos o naciones, pero también es cierto que civilizaciones enteras vieron el final de la cúspide de su desarrollo producto de ese “encuentro” o mal llamado “descubrimiento”. Entre ellas la cultura lenca, que fue diezmada hasta el punto de perder su lengua en las postrimerías del siglo XIX, con todo lo que implica esa pérdida.
Y si bien es cierto existe escasa investigación de sitios arqueológicos habitados por el pueblo lenca en Honduras, una vista rápida a las piezas por sus artistas elaboradas nos deja entrever una sociedad compleja, sedentaria en función de dominar ya la agricultura, diferenciada socialmente y ordenadamente jerarquizada en lo político, religioso y fácilmente deducible en lo económico también. El arte siempre ha sido un reflejo de las sociedades que lo producen, a mayor refinamiento y complejidad de una obra de arte, mayor desarrollo de esa sociedad podemos inferir, pues las obras vistas desde esa óptica, representan el conocimiento técnico y formal heredado de generación en generación a individuos especializados y dedicados exclusivamente a producir arte. Un vaso de mármol del Ulúa solo puede ser posible si varias generaciones de artistas han ido refinando y puliendo sus creaciones hasta llegar a ese nivel de estilización y perfección, es, dicho de otra forma, el resultado de artistas profesionales dedicados exclusivamente a esa actividad. Lo mismo la alfarería, la escultura, los textiles o la pintura, evidencia que según sea la zona se conserva de distintas maneras con el transcurrir de los siglos, entre más firme el material -escultura de jade, por poner un ejemplo-, mayores posibilidades se tienen de encontrar las piezas en mejor estado transcurridos ya varios siglos o milenios de su realización. Un textil es más precario, un plano, dibujo o pintura en papel -que debieron haber existido-, es menos probable que pasado ya medio milenio lo podamos encontrar sin daño o alteraciones, con suerte encontraremos fragmentos, pero difícilmente encontremos piezas enteras e intacta su ejecución. En la mayoría de los casos, la naturaleza misma de nuestro territorio es adversa a la conservación, pues la humedad y el calor son los principales factores para la descomposición de materiales como el arte, que excepto por la alfarería, cerámica o escultura lítica utiliza de soporte superficies propensas a ser dañadas con facilidad por las condiciones ambientales propias de nuestro territorio. Que encontremos atavíos elaborados de nobles o guerreros preservados sería una excepcionalidad, las capas tejidas con infinidad de plumas de aves -desde colibríes hasta quetzales o águilas- son inexistentes a nivel país. Los tocados de complejos diseños e intrincada manufactura solo los podemos ver en las vasijas prehispánicas y nunca se ha encontrado alguno. Por lo que son los relatos de los cronistas coloniales y las piezas de arte encontradas en excavaciones arqueológicas nuestras principales referencias para conocer la vida de nuestros pueblos originarios de siglos o milenios atrás.
Mosaico cerámico alusivo al departamento de Lempira. Arturo López Rodezno, 1948. Nótese que la pose de Lempira es una adaptación del mural al fresco de 1937. Imagen de autor desconocido, copia en papel fotográfico blanco y negro 20.5 x 20.5 cm.
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En el arte nacional se ha repetido la imagen de Lempira como un soberano desprovisto de su indumentaria de nobleza o guerrero. Dos de los más grandes valores del arte nacional así lo han representado y ellos son el ejemplo generalizado de esa visión errada de la efigie del héroe indígena. Pese a su alta consideración y admiración profesada hacia nuestras culturas prehispánicas por el egregio artista Arturo López Rodezno (1904-1974), en la mayoría de las representaciones de Lempira por él realizadas se presenta al héroe indígena como un personaje apenas vestido con un taparrabo y con un par de plumas que coronan su cabeza, repitiendo la imagen que del indígena prevaleció en los tres siglos de colonia española, visión errada que nosotros mismos la hemos hecho prevalecer. Uno de los momentos de la historia hondureña que más ha visibilizado al héroe indígena es la declaratoria de Lempira como moneda oficial en el año 1926 -aunque en la práctica fue hasta finales de 1931 que comenzó a circular formalmente en la economía nacional-, pero las discusiones al interior de la sociedad hondureña y especialmente en los salones del Congreso Nacional son fiel testimonio de las visiones encontradas sobre su figura, demonizada por unos, idealizada por otros. En 1926 logró 21 votos la moción de llamarle a la moneda hondureña Lempira, 15 votos obtuvo la otra propuesta de nombrarla Morazán, quien propuso la moción fue el profesor Gustavo A. Castañeda, y en el Acta No. 89 correspondiente a la sesión celebrada por el Congreso Nacional el 3 de abril de 1926 así defendía su idea, argumentando que:
Debe darse un nombre a la moneda que sintetice nuestra autonomía y nuestro pasado. Confiesa que admira a Morazán como el genio de la guerra en Centro América y como el símbolo de la unión; pero el General Morazán encontró la unión hecha, y desgraciadamente para él se rompió en sus manos. El General Morazán fue uno de nuestros guerrilleros, y no fue más por eso, que el representante de nuestros bochinches intestinos. No brilló su talento de estadista y sólo fulguró su espada, como un genio de la guerra (Castañeda, citado en Castillo Flores, 2017, p. 188).
Mario Zamora Alcántara. 1960. Lempira. Escultura en bronce. 11 x 32 x 7 cm. Una inusual representación de Lempira, pero siempre desprovisto de los atavíos propios de la nobleza o rango elevado de los personajes representados en el arte prehispánico. Fotografía en formato digital 35 por Paúl Martínez, 2018
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El pueblo lenca, el heredero del temple del Señor de la sierra
La tradición y la investigación histórica sitúan los hechos de la vida de Lempira en las montañas del occidente de Honduras, en donde logró unir distintas comunidades para ofrecer una resistencia unida a las tropas españolas en el primer medio siglo de conquista. De ese ignoto pretérito al presente muchas cosas han pasado, en especial la reducción de la población lenca y la pérdida de su lengua en el periodo entre siglos del XIX al XX. Pese a todo, el pueblo lenca ha vencido todas las adversidades y obstáculos para mantener identidad, tradiciones y formas de vida a lo largo de casi medio siglo transcurrido desde el arribo de los primeros europeos en suelo hondureño, mismos que vinieron a cambiar diametralmente su mundo, condenando a sus descendientes a una vida de explotación económica y social, pero además de exclusión y menosprecio a sus antiguas formas de vida. Este infortunado camino se ha visto también repetido en la representación de su principal figura en el arte nacional: Lempira. El caso de López Rodezno y Zamora Alcántara mencionados líneas atrás es una clara muestra de ello.
La celebración de la tradición milenaria del Guancasco es una muestra de la pervivencia de la cultura lenca a través del tiempo, y aunque a nivel país poco a poco esta tradición se ha ido perdiendo, comunidades como Mexicapa y Gracias -en Lempira-, son fieles a su realización año con año, tradición que las nuevas generaciones también han abrazado y que garantiza con ello su continuidad para el futuro. Fotografía en formato digital 35 por Paúl Martínez, 2014
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Palabras finales
Cada 20 de julio se conmemora oficialmente en Honduras el Día del Indio Lempira, quedando en el aire un cierto sinsabor por la reducción de su figura a la de “indio” con toda la carga de menosprecio que históricamente ha tenido esa palabra. El “indio”, desde los tempranos inicios de la colonización europea en América ha sido desde siempre un término que reduce la condición de seres humanos de los pueblos originarios del continente a una especie de “raza inferior” en relación a la cultura occidental, tara nominal, social y cultural que sin mayor reflexión hemos venido repitiendo los mismos americanos sin pensar mucho en el precio identitario que hemos pagado por ello.
En Honduras -y basta revisar las imágenes en esta muestra compartidas-, Lempira se ha representado como un “indio” desnudo, cubiertas sus partes viriles por un taparrabo y cargando un arco sencillo con flechas más sencillas aún. Nada de los ricos atavíos de nobleza o de índole guerrera que -insistimos- podemos apreciar en las piezas de arte prehispánico encontradas en sitios habitados históricamente por el pueblo lenca, en donde tanto nobles, sacerdotes o guerreros son representados ricamente vestidos con elaborados tejidos y pieles de animales sagrados, así como portando intrincados tocados, lanzas y armas de complejo diseño, una representación digna de los soberanos de una cultura jerarquizada como lo fue la lenca, tanto en El Salvador como en Honduras, pues compartíamos el espacio geográfico por ella habitado.
Pero desde sus tempranas representaciones hacia la primera mitad del siglo XX hasta el presente, la imagen de Lempira siempre es presentada muy similar pese a haber transcurrido casi un siglo. Imágenes que ya debieron ser contextualizadas para dejar atrás la imagen colonial de pueblos simples, incapaces y obcecados, tal como el cronista Herrera medio milenio atrás lo expresó:
…Son tantas las tacañerías, torpedades y porquerías de estos bárbaros, que muchas, por honestidad, se dejan de decir, y las que se han referido es para que se considere la policía en que los castellanos los van reduciendo, debajo de nuestra Santa Fe Católica, aunque con mucho trabajo, por su incapacidad y obstinación (Herrera, citado en Carías, 2009, p. 291).
El día 20 de julio del actual año 2026, el tema de Lempira fue obviado en la prensa a nivel nacional -al menos en los principales periódicos impresos: La Tribuna, El País, La Prensa y El Heraldo- siendo únicamente este último el que en su comentario editorial se refirió a él, expresando esta acertada reflexión que nos sirve perfectamente de comentario final para el presente escrito:
Honrar la memoria de Lempira y Cicumba no es solo mirar al pasado con orgullo, sino asumir un compromiso con el futuro, compromiso que debe empezar en nuestras aulas y hogares, sembrando en el corazón de cada niño y joven los mismos valores de dignidad, valentía y amor por nuestra tierra que guiaron a nuestros primeros héroes. Sólo a través de una educación rica en valores cívicos y morales garantizaremos que las nuevas generaciones mantengan viva la llama de la libertad y la defensa de la soberanía e identidad nacional (Mantener vivo el legado de Lempira, 2026, p. 12).
Tegucigalpa MDC, Paraninfo Universitario, 20 de julio de 2026.
Guancasco de Yamaranguila e Intibucá, figuras danzantes que fueron muy utilizadas en la creación artística de Arturo López Rodezno. Ca. 1954. Boceto en lápiz grafito sobre papel para el mural realizado en el antiguo Banco Nacional de Fomento (ahora BANADESA). 94 x 23 cm, colección familiar. Fotografía en formato digital 35 por Paúl Martínez, 2025
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Carías Zapata, Marcos. (2009). Crónicas y cronistas de la conquista de Honduras. Reimpresión. Tegucigalpa: Universidad Nacional Autónoma de Honduras, Editorial Universitaria.
Castillo Flores, Arturo. (2017). Historia de la Moneda de Honduras. 2da. edición. Tegucigalpa: Banco Central de Honduras.
Erandique rinde homenaje al gran cacique Lempira. (1940). En diario La Epoca, miércoles 5 de junio de 1940. Año VII, No. 2,082. Tegucigalpa: Imprenta La Democracia. pp. 1 y 4.
Laínez, Daniel. (1943). Lempira. En diario La Epoca, martes 20 de julio de 1943, Año XI, No. 3,023. Tegucigalpa: Imprenta La Democracia. p. 3.
Mantener vivo el legado de Lempira. (2026). En diario El Heraldo, lunes 20 de julio de 2026, Año XLVI, No. 14,993. Tegucigalpa: Grupo OPSA. p. 12.
Tres monumentos a Lempira en el Depmto. de Gracias. (1941). En diario La Epoca, lunes 3 de febrero de 1941. Año VIII, No. 2,283. Tegucigalpa: Imprenta La Democracia. pp. 1 y 4.

