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1857. Apuntes del cuaderno de un artista. Un terremoto en Honduras.

 

 

Paúl Martínez
Fototeca Nacional Universitaria - UNAH

 

 

An earthquake in Honduras ha sido el segundo de una trilogía de artículos que llevaban por título Scraps from an Artist’s Note-Book (Apuntes del cuaderno de un artista) y que fueron publicados por Harper’s New Monthly Magazine, revista estadounidense que en su número de enero de 1857 compartió este escrito y las ilustraciones que le acompañaron. El primero de esta trilogía fue publicado en diciembre de 1856 y se tituló Omoa: picturesque and incidental, y el tercero apareció en julio de 1857 con el título de The Carib Settlements. Tres artistas estadounidenses visitaron la zona atlántica hondureña en 1856 y uno de ellos dejó escritas sus experiencias en esta trilogía de artículos, narraciones en las cuales no nos brindan pistas de las razones de su viaje o sobre la identidad de sus protagonistas, apenas seudónimos o apodos son los que les describen en los escritos, lo que hace un tanto más difícil el identificarlos. 

La revista Harper’s New Monthly Magazine comenzó a publicarse en el año 1850 con sus artículos acompañados de ilustraciones que reforzaban la historia escrita con una descripción visual de lo narrado. La editorial Harper and Brothers tenía su sede en la ciudad de Nueva York, y sus inicios se remontan a 1817 cuando los hermanos James (1795-1869) y John (1797-1875) Harper montaron un modesto taller de impresión que fue creciendo con el tiempo, empresa a la cual al unirse los hermanos menores Wesley (1801-1870) y Fletcher (1807-1877) Harper, se convirtió en líder en la industria editorial estadounidense creando toda una serie de publicaciones periódicas y libros que calaron en el público y que le llevaron a convertirse en una gran empresa que existe hasta la fecha. Pionera en la utilización de ilustraciones en sus impresos, la revista mensual se convirtió en referente gráfico de su sociedad e hizo que la empresa buscará ser una ventana del mundo para el público estadounidense.

Sus artículos ilustrados podían referirse o bien a pantanos en la Florida como a pirámides en Egipto, por ello no es extraño encontrar estos tres escritos que narran las peripecias del viaje por la costa atlántica hondureña de tres artistas que visitaron nuestro país en el año 1856. Las razones de su presencia nos es desconocida, pero sí se puede afirmar que las ilustraciones corresponden al paisaje visual de la zona por su parecido a la geografía y su correspondencia con la narración escrita, aunque en el caso de este segundo artículo, hay ilustraciones que exageran lo narrado y caen en la fantasía, pese a ello, en general las ilustraciones son apegadas a la realidad de nuestras comunidades y espacios naturales descritos, exceptuando estos dibujos sobre las vivencias del terremoto en Honduras que quizá queriendo aportar dramatismo a lo narrado exageran las situaciones en ellos ilustradas.

Estas ilustraciones se realizaban basándose en la línea como recurso técnico para mostrar tonalidades, texturas o volúmenes dibujados, no olvidemos que son impresos de mediados del siglo XIX, en los sistemas de impresión de la época no era posible reproducir tonos intermedios como sombras o difuminados, ello fue posible en las artes gráficas hasta la aparición de la fotomecánica en 1890 cuando los originales en mediotono eran descompuestos en puntos que según su dimensión y espaciado hacían posible su reproducción. Antes de este avance de la fotomecánica en el mundo de las artes gráficas, la mayoría de los tirajes masivos como estas revistas ilustradas, eran realizados en sistemas de impresión tipográficos, basando la reproducción de sus ilustraciones en elaborados tacos de impresión hechos por burilistas o grabadores en madera o metal, según fuera la dimensión del tiraje o la calidad de impresión que se requería: entre mayor tiraje y mejor calidad era elegido el metal (acero o cobre) y entre menor el tiraje y menor la calidad requerida eran utilizados tacos de impresión en madera. Y aunque hubiesen sistemas alternos para imprimir, el grabado y el sistema de impresión tipográfico dominaron la industria editorial hasta finales del siglo XIX.

Quizá el orden de publicación de esta trilogía de artículos no sea necesariamente el correcto. El primero de ellos narra su estadía en Omoa (publicado en diciembre de 1856), el segundo como ya lo referimos cuenta la experiencia del terremoto en un punto entre los departamentos de Colón y Gracias a Dios (el autor pone de referencia a la laguna de Criba) y el tercer artículo que habla de asentamiento caribes, por las descripciones se intuye que narra el recorrido entre los departamentos de Cortés y Atlántida. Si nos situamos en un mapa de la costa atlántica hondureña, vemos que Omoa (en Cortés) se halla relativamente cerca de Tulián y Cieneguita, comunidades descritas en el tercer artículo, luego al describir que naufragaron en un cayo, asumimos sea alguno de los Cayos Cochinos frente a la costa del departamento de Atlántida, ya que no hay otros cercanos a Cortés o Atlántida que no sean ellos. Si seguimos esa misma ruta, llegamos entonces a Colón y luego a Gracias a Dios, que es en donde se desarrolla lo narrado en el artículo segundo dedicado al terremoto. Por lo que si seguimos el camino recorrido debería ser primero el artículo de Omoa, luego el de los asentamientos caribes y terminaría con la narración del terremoto, ello claro está si lo publicamos en base a la lógica de lo recorrido en el viaje, lo que no estaban obligados a hacer los editores de Harper del siglo XIX y es simple conjetura de quien escribe estas líneas.

Seguir el recorrido narrado en los tres artículos si nos ayuda a comprender los sitios visitados y analizar mejor lo descrito, en cuanto a paisaje natural, arquitectura, costumbres, comercio y un amplio abanico de temas descritos en ellos. Y en este caso, menciona el artista narrador que su objetivo de viaje era el visitar la zona en donde los ingleses se habían asentado y existían aún las ruinas de una fortificación por ellos construida y en ese entonces ya abandonada, lo que sí coincide con su paso por el río Tinto y su arribo a la laguna de Criba y otras de la zona en donde hubo presencia británica y hasta la fecha hay indicios de ella como cañones y trazas de muros con ellos fortificados. La experiencia del terremoto y sus afectaciones quizá limitó la búsqueda de esta evidencia de asentamientos ingleses en la zona de río Tinto, ya que excepto por referencias de los pobladores del lugar, los viajeros estadounidenses no mencionan haber encontrado mayores indicios de la existencia de ruinas o construcciones que den testimonio de fortificaciones o construcciones permanentes británicas, lo que no es de extrañar pues en la zona de Gracias a Dios siempre han prevalecido las edificaciones de madera y no las de piedra o ladrillo, por lo que simplemente el pasar de los años destruye aquellas de material perecedero ocultando todo rastro de ellas.

Fiel a su parcialidad estadounidense, el artista narrador no menciona las razones por las que fortificaciones británicas se hallen en suelo continental americano bajo dominio español, ya que la presencia inglesa era fuerte en realidad en la región caribeña, pero el artista que escribió no menciona al pretendido Reino de la Mosquitia, región que la corona británica buscaba crear como una forma de controlar esta estratégica zona en pleno centro de América, por ello la fuerte presencia inglesa hacia la zona de Gracias a Dios, la que al arribo de los artistas era en realidad conocida simplemente como la Mosquitia, ya que fue hasta el decreto del 23 noviembre de 1868 emitido por José María Medina (1826-1878) que se crea oficialmente como departamento de la «Mosquitia» para después ser nombrado finalmente como el actual departamento de Gracias a Dios con la emisión del decreto No. 52 del 21 de febrero de 1957 de la Junta Militar de Gobierno. El 19 de abril del año 1850, los gobiernos de los Estados Unidos y de la Gran Bretaña firmaron el tratado Clayton-Bulwer en el cual acuerdan que: … ni uno ni otro exigirán jamás ò tendrán fortificaciones algunas que lo dominen ò que se hallen situadas en sus cercanías; que ni en tiempo alguno ocuparán, ni fortificarán, ni colonizarán, ni se arrogarán, ò ejercerán dominio alguno sobre Nicaragua, Costa Rica, La Costa Mosquitia ò parte alguna de Centroamérica… (Durón, 1957: 9). Vemos ahí entonces la razón para el abandono de los asentamientos ingleses en la zona del río Tinto, y aunque el tratado en si no mencione Honduras específicamente, sí dice La Costa Mosquitia, espacio cultural más que geográfico compartido por Honduras y Nicaragua.

 

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La primera de las ilustraciones no puede ser más exagerada en su representación de lo que estos tres artistas estadounidenses vivirían en sus periplos al viajar por la costa atlántica hondureña, y en este caso un terremoto que los sorprendió en un punto indefinido del departamento de Gracias a Dios. Aunque menciona la fecha exacta de su arribo a la zona del suceso (3 de agosto de 1856) y cuenta que acaban de llegar a la laguna de Criba (cercana a la comunidad de Palacios, en el actual Gracias a Dios), la parte ilustrada difiere mucho del paisaje geográfico del lugar, ya que es mayoritariamente llanura y no zona montañosa como se deduce de las ilustraciones que acompañan el escrito. Esta ilustración muestra el cono de un volcán en aparente erupción, o al menos iniciando la misma, ya que rocas parecen ser expulsadas de su cráter. Este cono se yergue a la par de una laguna, la que debemos asumir sea según la narración la de Criba, lo que no es exactamente apegado a su verdadera imagen. Esa zona casi limítrofe entre los departamentos de Colón y Gracias a Dios es el inicio de una extensa llanura costera, en donde predomina el terreno plano con escasas elevaciones, por lo que ese cono evidentemente volcánico que arroja rocas es a todas luces una licencia artística para magnificar el relato.

Igualmente es una exageración esa especie de peñasco en primer plano en donde vemos en su extremo izquierdo aferrado al tronco de un árbol, a un desesperado y aterrado poblador. Vemos también a hombres corriendo y a una mujer implorando de rodillas, señalamos que sería una exageración pues parece que el artista que dibuja la escena estuviese en un punto alto y que ilustra lo que se asemeja a un cañón, un accidente geográfico el cual -al ser una llanura-, simplemente no existe en el paisaje real de la zona. Cabe destacar que esta misma ilustración se utilizó en 1886 en el apartado que describe volcanes en El Salvador del libro de William Eleroy Curtis The capitals of Spanish America, lo que nos da una idea del dramatismo de la misma.

 

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En la segunda ilustración vemos reflejada la fuerza del viento que sacude violentamente una palmera, a cuyo tronco se aferran dos personas cuya apariencia física nos hace intuir que son dos de los estadounidenses protagonistas del viaje. Hacia la izquierda, otra persona yace en el suelo sujetándose de alguna rama, al igual que en el extremo derecho en donde un poblador se agarra del tronco de una palmera casi a ras de suelo, lo que nos hace inferir la violencia del viento que les azota. Antes de describir este hecho del viento, el artista que cuenta la historia menciona que luego de un largo recorrido por el río, el paisaje le parecía hermoso y que la profusa vegetación de árboles y pequeños arbustos hacían ver a la sabana esplendorosa. Vemos entonces que en la narración se describe como planicie a la zona visitada, lo que verdaderamente coincide con la topografía real de la región mencionada.

Luego de ensalzar la belleza escénica del lugar, cuenta que el viento súbitamente los sorprendió con su fuerza, sacudiendo toda la frondosa vegetación del lugar y aterrándolos con su violencia. Los pájaros gritaban y volaban en círculos, en tanto los cocos de las palmeras se desplomaban a su derredor temiendo ellos ver partidas en dos sus cabezas por la fuerza de su caída. Todo este vendaval duró dos horas, tiempo en el cual permanecieron aferrados a lo que pudiera parecerles firme sin darse exacta cuenta de lo qué sucedía. Cabe aclarar que tanto en la ilustración como en el escrito da la impresión de que dos viajeros son los que viven esta experiencia, pero la historia contada en realidad no es muy clara a este respecto.

 

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Pasado el vendaval y el susto por él provocado, los tres viajeros y sus guías locales se tomaron el tiempo para pensar en lo sucedido. El narrador hace alarde de su valor y narra que luego de encender sus pipas y bromear un poco sobre el sobresalto pasado, se preguntaron socarronamente: ¿Quién tiene miedo? Mañuel -quien era uno de sus guías-, expresó que pensaba había sido seguramente un terremoto no muy lejano, ya que las zonas cercanas al epicentro del mismo solían sufrir embates como el que habían apenas vivido. La ilustración superior muestra a dos de los artistas sentados hacia la izquierda, conversan entre ellos y uno de ellos señala al guía de pie, el que parece plantarse con una pose de seguridad y cierta arrogancia, actitud que señalan les muestra por sentirse por ellos ofendido al minimizar lo ocurrido, alegando sus experiencias pasadas que han ya vivido en otras tierras.

En ese punto de la narración, ninguno de los estadounidenses o sus guías podía afirmar con certeza si habían sentido temblores o sacudidas, por ello la incredulidad de sí había sido en realidad un terremoto. Esa ausencia de movimiento era la razón por la cual dudaban de la afirmación de Mañuel y también por ello éste se sentía ofendido. El narrador cuenta sus experiencias previas en países tropicales y afirma que por ello no duerme en una cama cuando visita estas tierras, sino que solo lo hace en hamaca. Luego dedica unos párrafos a divagaciones suyas en torno a su intención de capturar un caimán de los muchos que se hallan en la ribera del río, para luego narrar su arribo a una comunidad cercana al río, en donde les recibió el patrón en su casa y entre café, cigarros y sentados en hamacas conversaron sobre eventos naturales que cada quien había presenciado.

Continua el relato afirmando que volvieron a su búsqueda de las ruinas inglesas siguiendo el curso del río, remaron y llegaron a una laguna, la cual no señala su nombre, pero que por la descripción de su llegada coincide con las características de Ibans y su acceso desde el río Sico.

 

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Llegados a la laguna, fueron asustados por un fuerte estruendo, mencionando que fue un retumbo lejano y que densas nubes de lluvia se miraban hacia la zona del mar Caribe. Luego les sorprendió una inusitada calma, sin viento, y como único sonido un suave susurro como de agua, el cual fue creciendo poco a poco cuando de repente la tierra empezó a temblar y les hizo caer al suelo. El movimiento de la tierra era de norte a sur, sincronizado al movimiento de las olas en la laguna. Entre el temblor de la tierra y el crujido de la destrucción, vieron atónitos como el agua de la laguna desaparecía frente a sus ojos, hecho que registra la ilustración superior.

Para el narrador y sus acompañantes, el agua simplemente se retiró hacia un desconocido lugar, filtrándose y dejando ver todo el fondo de la laguna, formándose frente a ellos un cono de tierra perfectamente erguido en cuya cima un grupo de palmeras quedaban en pie como testigo mudo del increíble evento natural que frente a ellos se desarrollaba. Aterrados, vieron como el agua dejaba seca la laguna y prestos decidieron correr hacia tierras más altas y subirse al tronco de un árbol para evitar que el seguro retorno del agua les llevara de encuentro. El narrador cuenta que la laguna debía tener cinco millas de ancho, lo que descarta que sea Ibans, ya que su espejo de agua es mucho mayor, lo que nos regresa de nuevo a la narración que afirma es la laguna de Criba, la que se acerca a esa dimensión, pero que difícilmente sea el espacio natural en donde se presencié este efecto de un terremoto o las afectaciones de un tsunami, como se describen luego en la siguiente ilustración y en la continuación del relato escrito. Enfatizando este hecho de que la laguna se secó por completo ante su vista, compara este suceso con la historia bíblica del pasaje del Mar Rojo, que permitió al pueblo de Israel huir por en medio de sus aguas de las topas egipcias que les perseguían.

 

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Este súbito y violento retorno del agua de la laguna es precisamente el tema de la siguiente ilustración publicada, en ella vemos aferrado al tronco de un árbol a uno de los artistas exploradores y al pie del mismo a su compañero estadounidense y dos de los acompañantes (Mañuel y su hijo). Siguiendo la tónica exagerada de la narración, el escritor cuenta que estuvo aferrado al árbol por casi dos horas, esperando que la violencia del agua y el fuerte viento disminuyesen, tiempo en el cual sus acompañantes y él mismo fueron zarandeados por la violencia de las embravecidas aguas de la laguna, que de golpe buscaron volver a ocupar su sitio en ella.

En el centro de la ilustración se levanta una inmensa columna de agua, a la cual los aterrados espectadores señalan a la distancia, menciona el narrador que esta masa de agua se formó por el choque de las corrientes que en todas direcciones parecían buscar una salida del espacio natural de la laguna, choque violento que provocó al final la marejada que los golpeó y les obligó a aferrarse al tronco ya referido, en donde el artista menciona que dejó clavadas sus uñas por la fuerza con la cual se sujetaba a él. De nuevo vemos únicamente a dos de los estadounidenses en la imagen, acompañados de Mañuel y su hijo -José-, igual que en el escrito, en el cual además del narrador solo menciona uno de sus compañeros como H, como era común hacerlo en este tipo de publicaciones que nombra a los protagonistas solo por la inicial de sus nombres. Y precisamente una H es la única firma que podemos encontrar en esta ilustración, grabada de manera casi accidental hacia el extremo inferior izquierdo del dibujo, casi como si de maleza se tratase.

 

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En la ilustración superior podemos admirar los destrozos que la fuerza de las aguas y el viento causaron en la vegetación aledaña a la laguna: árboles derribados, palmeras arrancadas de raíz y otras casi en el suelo. La pequeña embarcación en la cual los artistas estadounidenses viajaban quedo dañada por ese embate de la naturaleza, debiendo dejarla varada en un banco de arena, en tanto encontraban ayuda para repararla, lo que si lamentan es la pérdida total de sus pertenencias, incluidas ropa y armas, hecho que les obligó a caminar hacia una comunidad cercana para guarecerse momentáneamente y recuperar sus enseres perdidos.

Menciona el artista narrador que fue una comunidad de Zambos la que visitaron, los que al igual que ellos seguían atemorizados y todavía expectantes ante lo sucedido. Varios días debieron quedarse en este lugar y en tanto Mañuel hacía las reparaciones a la embarcación y encontraba la forma de fabricar nuevos remos, los artistas se dedicaron a recorrer los alrededores y constatar los desastres causados por el evento natural que recién acababan de presenciar. La narración de los hechos continua siempre en tono exagerado, afirmando que el agua de la laguna había dejado marcas en las colinas cercanas a modo de inmensos surcos, dejando por doquier huecos llenos de agua con peces dentro de ellos, inclusive en uno encontró moribundo a un tiburón, al cual sin tener necesidad alguna de ello le disparó para acabar con su existencia, ufanándose que su instinto de supervivencia era mayor que su sentido de bondad hacia un moribundo ser marino. La presencia de un tiburón en una laguna de agua dulce -como lo es hasta el presente la de Criba-, nos remite a la idea de que ha sido el mar Caribe el causante de la inundación, o bien indica que el narrador ha exagerado los hechos y mezclado historias en este relato, cosa que ya hemos insinuado párrafos atrás y que creemos sea la razón de las inconsistencias en esta historia.

 

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Hechas las reparaciones a la embarcación, compraron maíz y víveres para el camino prosiguiendo su viaje, asumimos que por el mar Caribe, ya que su siguiente relato lo sitúa en Truxillo, bahía en la cual afirma se continuaban sintiendo fuertes olas, no sabemos si por lo vivido por ellos días atrás, o por mal tiempo que coincidió con su arribo al histórico puerto. Relata que de hecho Trujillo había pasado ya antes por eventos similares, contándoles varios pobladores sus experiencias pasadas. Seguramente se referían al terremoto del verano de 1855 que afectó principalmente a Trujillo y que dejó serios daños en las edificaciones y un terrible recuerdo para la población local.

Los artistas nuevamente se embarcaron, y seguramente volvieron a detenerse en algún punto del camino pues señalan que varios pobladores les describieron los terribles sucesos que habían vivido en días pasados y como sucesivas sacudidas (18 según el relato) les habían afectado. Luego la narración se vuelve confusa y no se sabe a ciencia cierta si la ilustración de las columnas en ruinas que admiramos hacia arriba es la descripción visual de lo sucedido en Omoa a su regreso o si fue de hecho en Trujillo. Son columnas que según lo relatado eran de cuatro a cinco pies de diámetro, lo que nos da la idea de sus dimensiones y de la fuerza que debía tener el temblor para moverlas de su sitio y que no sería extraño fueran de edificaciones en Omoa, ya que la zona también fue seriamente afectada por el terremoto y sus incidencias en las aguas del Caribe, que igual se agitaron y causaron daños en las zonas aledañas al mar.

 

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Menciona el artista narrador una costumbre que en la región solía practicarse, y es la de organizar procesiones religiosas implorando la protección divina ante las catástrofes naturales, en este caso un terremoto. Describe todos los preparativos previos a la realización de esta práctica, no sin cierto aire de burla, como pavoneándose de su sociedad desarrollada y libre de creencias en fuerzas superiores y externas al ser humano. La ilustración es curiosa en sí misma, en ella dibujó el artista la procesión, pero pareciera ser de otra experiencia por él vivida, ya que en el escrito explica que se hace para evitar sucedan las tragedias, y a todas luces, la ilustración parece mostrar el terremoto sucediendo, ya que se aprecian en ella tejados, tablones y objetos que parecen caer al piso derribados por las sacudidas, así como en el suelo se hallan los participantes de la procesión, caídos algunos, arrodillados otros y una cruz erguida hacia el centro del grupo de creyentes sostenida por un sacerdote. La pose misma de éste parece reafirmar que el terremoto está sucediendo, ya que toma la cruz con fuerza, mira al cielo y parece implorar que se detenga este terrible evento natural.

En el relato escrito de esta procesión se cuentan aspectos que no se aprecian en la ilustración, o viceversa, el dibujo parece narrar un evento diferente, sí es una procesión, pero la misma sucede al parecer en el momento justo que tiembla la tierra, no previo al suceso para suplicar a los santos que  éste no suceda. El texto que describe el grabado en la edición original en inglés refuerza esta idea de ser un dibujo que ilustra otro evento y no el descrito en el texto, ya que se lee: Earthquake at San José, nombre que el escrito no menciona y que tampoco pertenece a alguna comunidad cercana a la zona en donde se hallan los artistas de viaje o a su retorno ya en Omoa.

 

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La escena mostrada en la última ilustración de este artículo de 1857 reafirma la idea de que se presenta en ella y en la anterior, un evento vivido en el pasado por el artista que narra e ilustra esta historia. La mujer que sostiene el plato y que encabeza la procesión, la imagen del Cristo crucificado detrás de ella que es llevado por dos porteadores o el campanero sentado al extremo izquierdo en la ilustración, son elementos descritos en la narración del artista, esos elementos sí coinciden con su relato, pero el fondo de la imagen no corresponde a la arquitectura de Omoa, que sería en todo caso la comunidad en donde el artista narrador sitúa su vivencia, de hecho, ninguna población o ciudad de la zona norte de nuestro país hacia mediados del siglo XIX lo tendría. En el artículo de esta serie Scraps from an Artist’s Note-Book publicado previamente en 1856, se nos comparte la ilustración del templo católico de Omoa, una modesta construcción de un piso ligeramente más grande que las casas de los habitantes del antiguo puerto. En el dibujo superior, vemos de fondo detrás de la procesión a una iglesia de al menos tres plantas, con una torre campanario rematada por una cúpula sobre la que se yergue una cruz, edificación muy distinta al modesto templo católico que el mismo artista narrador nos comparte en el escrito de 1856 antes referido.

La relevancia de esta última ilustración se dimensionaría si tuviéramos el contexto correcto de ella. Podría corresponder a un boceto no usado en publicaciones pasadas, recordemos que eran artistas que laboraban para la editorial Harper y al menos uno de ellos (H) había publicado antes sus dibujos en libros de dicha empresa. A ciencia cierta no sabremos las razones de esta elección, quizá la premura de publicar el artículo o simplemente cierta indiferencia a publicar datos y dibujos apegados completamente a la realidad, son temas que aún quedan por esclarecer.

 

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Para concluir: ficción o realidad, documentar o desconocer

El siglo XIX para la región centroamericana significó el cambio de ser antiguas colonias atadas al imperio español a dar sus primeros pasos como naciones independientes a partir del año 1821. Si estábamos preparados para ello o no, es un tema que hasta el presente siempre sigue en constante discusión. Si la cultura política de ese período fundacional se hallaba consolidada para afrontar tal desafío es una interrogante que se contesta sola al estudiar el desarrollo de la sociedad centroamericana en ese siglo y sus remanentes para el siguiente. Omoa o Trujillo -dos comunidades por los artistas visitadas-, nos dan el panorama de lo que era la sociedad hondureña luego de la independencia centroamericana. Los que fueron los principales puertos hacia el Atlántico en tiempos de la corona española, dejaron de serlo para Honduras en el primer siglo de independencia y ello es una incontrastable realidad.

Ese panorama de abandono y franca decadencia es el que admirarían los tres artistas estadounidenses al recorrer la costa atlántica hondureña y dejar su relato escrito y visual de este viaje en la trilogía Scraps from an Artist’s Note-Book de la cual compartimos el segundo escrito dedicado a relatar la experiencia de un terremoto por ellos vivida en nuestro país. No hace falta ser especialista en geología o en cualquier ciencia que estudie el comportamiento de la tierra para darnos cuenta de las debilidades e inconsistencias que presenta este segundo artículo titulado An earthquake in Honduras, tanto en su parte escrita como también en la visual. Para nadie sería sorpresa entonces que se pusiera en duda la existencia misma de este suceso deduciendo los hechos narrados y dibujados, primero por su exageración y segundo porque parecieran la  combinación de muchos sucesos acomodados en un solo relato.

Las dinámicas sociales o los procesos de transición y construcción del poder de esa centuria son los estudios que han predominado, no su historia natural o geológica, por lo que descripciones de terremotos y sucesos a ellos asociados se hayan estudiados en menor grado, de los cuales solo se consignan con suerte las fechas en que han sucedido, obviando información adicional como áreas de impacto, intensidades, daños y otro sinfín de registros necesarios como para comparar lo relatado  en el escrito publicado en Harper con los hechos reales. Tampoco podemos demeritar o menospreciar esta fuente de información, Harper’s New Monthly Magazine tampoco se diferencia mucho de nuestras modernas revistas o publicaciones de entretenimiento y por ello no las vamos a desechar como fuentes de información, valiosas en cierto sentido o nimias completamente en otros.

El istmo centroamericano ha sido especialmente propenso a terremotos y erupciones a todo lo largo de su historia. Innumerables viajeros que han dejado escrito su paso por la región lo atestiguan, en sus publicaciones nunca falta la referencia a un volcán, por lo que no es extraño el tema tratado por estos artistas estadounidenses en la zona atlántica de Honduras. Insistimos que quizás con la intención de dimensionar lo narrado, el artista escritor une varias experiencias en este artículo, ya que en una laguna interior como lo es la de Criba y aún si fuera Ibans -que es de mayor tamaño-, los efectos de olas, vientos o retirada de sus aguas serían casi imposibles de ver, no obstante que estos fenómenos se presentan cuando se trata de un maremoto, lo que nos colocaría entonces en el mar Caribe y no en una laguna como afirma el escritor que narra la historia. Claro está que lo anterior solo es suposición de quien escribe estas líneas, pero es más probable que esos hechos los haya presenciado en el Caribe y no en una laguna como el artista nos lo presenta tanto en la parte escrita, como también en la ilustrada. Tampoco hay que olvidar cuando se leen estos relatos, que los tres artistas pertenecen a una nación cuya política exterior se basaba en la frase América para los americanos, entendiendo por americanos a los nacidos en suelo estadounidense, no a cualquier ciudadano de otro punto del continente. Por lo que cualquier relato debe verse intentando obviar esa óptica imperial siempre implícita en ellos, no perdiendo de vista ese sesgo de ciudadanos nacidos en un imperio que viajan a antiguas colonias europeas, todavía atrasadas social, política y culturalmente hablando (vistas desde su muy particular e imperialista punto de vista).

Sobre la identidad de estos artistas, si bien no se menciona en el texto o se firma en las ilustraciones, varias pistas permiten inferirla. Un escrito publicado en el New York Herald del 25 de julio del año 1856 refiere que el propuesto cónsul estadounidense Joseph C. Tucker (1828-1891) conoció en Omoa a dos artistas: Hitchcock y Baker (Moran, 2010: 254). Menciona esta noticia que el primero -Hitchcock-, fue quien realizó los dibujos para el libro de Ephraim George Squier (1821-1888) a quien el mismo Squier identificaría en la mencionada obra como DeWitt Clinton Hitchcock (1832-1901), artista estadounidense que le acompañaría en su expedición a Honduras del año 1853 (Squier, 2004: 29). El Dr. Tucker llegó a Omoa el día 26 de junio de 1856 (Moran, 2010: 98), por lo que las fechas de su permanencia en el histórico puerto coinciden con la estadía de los tres artistas en dicho lugar. Sobre el segundo artista mencionado -Baker-, otra noticia publicada en Estados Unidos nos proporciona sobre él algunas pistas.

El diario Boston Daily Evening Traveller del 3 de septiembre de ese 1856 informa que el capitán Francis Nickerson (1817-1859) al hablar de su reciente llegada a Boston proveniente de Omoa, afirmaba que tres artistas: Hitchcock, Anthony y Baker habían causado una conmoción en Omoa al reunirse junto a otros estadounidenses, pensando los habitantes del lugar que se trataba de alguna conspiración (Moran, 2010: 97), no olvidemos que en Centroamérica se vivía un ambiente de guerra en esos momentos por la presencia en Nicaragua de William Walker (1824-1860), haciendo que toda aparición de estadounidenses se viera con recelo, máxime en nuestro país, en donde de hecho se ordenó bajo decreto del 2 de junio de 1856 el cierre de los puertos de Omoa y Trujillo a todo viajero estadounidense que deseara ingresar al país por esa vía, previendo que no se tratara de refuerzos enviados para fortalecer el ejército de Walker en Nicaragua.

Sobre la veracidad de lo ocurrido, datos estadísticos señalan que sí hubo un terremoto el 4 de agosto de 1856 con una magnitud de entre 7 y 8 grados en la escala de Richter, así como es verídico que este sismo generó un tsunami que afectó la costa atlántica hondureña. En la Gaceta de Honduras se publicó un informe que refería que a las cinco de la tarde del 4 de agosto de 1856 afectó a Omoa un terremoto violento que duró más de un minuto, tan extraordinario que no tenían noticias que hubiese sucedido anteriormente uno similar. Continua informando que el sismo arruinó todas las casas de teja y adobe, no así a las de madera y paja, decidiendo los aterrados vecinos mejor dormir en las calles y al aire libre por temor a morir soterrados, ya que temblores de menor intensidad seguían afectando a la zona pasada inclusive una semana después, Afirmaba también el informe que el mar se agitó y que se elevaba hasta tres varas sobre su nivel normal (Bográn, 1856), lo que en parte valida la información del artículo publicado en Harper’s New Monthly Magazine.

Si la literatura de viajes es considerada un documento histórico válido o no, es también tema de discusión permanente. Escribió José Cecilio del Valle que todo libro en sí tiene su propio valor, nuestro insigne tribuno Álvaro Contreras afirmaba que el libro era como una antorcha que iluminaba su paso en las tinieblas, Ramón Rosa escribió que el libro y no la espada debía guiar siempre los pasos de la humanidad, así que no debemos mirar de menos cualquier escrito que en cualquier época nos describa -para bien o para mal- la sociedad pretérita que ahora desconocemos, en especial de tiempos como el siglo XIX, centuria de la cual tenemos tan pocas referencias.

Tegucigalpa, Ciudad Universitaria José Trinidad Reyes, 2 de julio 2021.

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Bibliografía

Anónimo. (1857). Scraps from an Artist’s Note-Book. An earthquake in Honduras. En Harper’s New Monthly Magazine. No. LXXX. Vol. XIV, enero 1857. New York: Harper and Brothers Publishers. pp. 164-173.

Bográn, S. (1856). Temblores. El señor Comandante del Puerto de Omoa comunica en esta fecha al Supremo Gobierno lo siguiente. Gaceta de Honduras, Comayagua, Agosto 20 1856, Tomo 2, No. 54.

Durón, J. F. Comp. (1957). Creación del Departamento de Gracias a Dios. Sus antecedentes. Tegucigalpa: Secretaria de Relaciones Exteriores de la República de Honduras.

Moran, J. C. y Moran Robleda, J. C. (2010). Potencias en conflicto. Honduras y sus relaciones con los Estados Unidos y la Gran Bretaña en 1856 y la no aceptación del Cónsul Joseph C. Tucker. Tegucigalpa: Ediciones 18 Conejo.

Squier, E. G. (2004). Apuntamientos sobre Centroamérica, Honduras y El Salvador. Managua: Fundación Vida.

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