Mujeres insignes en la historia de Honduras
Teresa Victoria Fortín: vida y devoción dedicadas al arte
Por Paúl Martínez. Universidad Nacional Autónoma de Honduras, Fototeca Nacional Universitaria
Teresa Victoria Fortín. 1958. La inauguración de la Universidad. Óleo sobre tela. 80 x 56 cm. Fotografía por Paúl Martínez en formato digital 35mm, 2026. Esta obra pertenece a la colección plástica de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras y puede admirarse en las salas de exhibición del Paraninfo Universitario en el centro histórico de Tegucigalpa
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© Obra incluida con fines de difusión cultural por el CAC-UNAH.
Todos los derechos pertenecen a sus autores. Prohibida su reproducción o uso sin autorización expresa.
Resumen
Teresa Fortín debe ocupar dentro de la historia del arte hondureño un sitial de honor: por su prolífica producción, la amplitud de temas por ella plasmados en sus obras, así como su constancia y permanente dedicación al arte en distintas técnicas y soportes a lo largo de medio siglo de trayectoria. A través de distintas pinturas realizadas en diferentes años de su extensa carrera artística, reflexionaremos su temática y permanente búsqueda de nuevos lenguajes de expresión en una época en la que el arte nacional evolucionaba hacia otros estilos y temas intentando romper con academicismos y encasillamientos. La producción artística de Teresa Fortín es prolífica y en muchos aspectos también experimental, a través de esta muestra se busca visibilizar su aporte a la historia del arte nacional y acercar a las generaciones jóvenes de artistas a conocer más de cerca su obra y a emular su ejemplo de entrega, constancia y dedicación al arte.
Palabras clave
Historia del arte hondureño, siglo XX, mujeres artistas, pintura, legados
Teresa Victoria Fortín. 1942. Retrato de Josefa Lastiri. Óleo sobre tela. 70 x 78 cm. Fotografía por Paúl Martínez en formato digital 35mm, 2022. La obra pertenece al Instituto Hondureño de Antropología e Historia y puede admirarse junto a otras pinturas de la artista en la colección permanente exhibida en la Casa de Morazán ubicada en el centro histórico de Tegucigalpa
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Introducción
No es errado afirmar que la historia del arte hondureño presenta vacíos inexplicables que disminuyen considerablemente la valoración de artistas del pasado que han creado una profusa producción y que simplemente el paso del tiempo, la ausencia de estudios o un escaso registro documental, hayan hecho que su legado poco a poco se vaya desvaneciendo. Estas carencias se acentúan cuando se trata de artistas mujeres que pese a las adversidades han logrado cimentar una carrera artística permanente y de logrados méritos. Leticia de Oyuela (1935-2008) -quien ha sido desde siempre un referente obligado para entender el arte hondureño del siglo XX- narró así sus primeros acercamientos con la artista Teresa Fortín:
De toda la conversación obtuve la conclusión de que estaba frente a una pintora verdadera. Pintora por amor, decisión y selección propia, plena de fe y poseedora de una sensibilidad a flor de piel, exquisita y vibrante. Sentí que era mi deber integrarla a un conjunto de pintores, que ese año habíamos lanzado un manifiesto que marcaba el camino a seguir en el arte nacional (Oyuela, 1997, p. 9).
Estas palabras de elogio hacia la mujer artista, contrastan con la vida precaria y humilde del ser que desalentado por los infortunios había abandonado para esas fechas su pasión por la pintura, párrafos atrás de la cita anterior, Leticia de Oyuela cuenta así la primera impresión pesarosa que sintió al visitarla en su residencia:
Era un ambiente triste y de suma pobreza. En esas habitaciones estaban todos los testimonios de vida, una pequeña estufa de kerosene, una mesa de pino rústica con cuatro sillas y una cortina blanca que ocultaba las camas. Sin embargo, entramos en el tema de la pintura y ella manifestó con cierta amargura que, prácticamente, había dejado de pintar. Nos mostró algunas de las últimas cosas que había hecho, se expresaba en el lenguaje pictórico del impresionismo y, sobre todo, hacía una demostración vívida de que el ser humano es irreductible en lo que ama. En este caso, su amor por la pintura lo decía en las palabras y en aquellos cartones, sacados de las cajas comerciales que conseguía y que estaban pintados con restos de “Terra laca” sobrantes de sus épocas de modelado de la Escuela Nacional de Bellas Artes (Oyuela, 1997, p. 9).
Teresa Victoria Fortín. (1968). Río Piedras. Terra laca sobre cartón. 32 x 44 cm. Fotografía por Paúl Martínez en formato digital 35mm, 2025. Esta pintura es parte de las que Leticia de Oyuela menciona en la cita precedente que Teresita hacía con cartones comerciales y la terra laca que le sobró de sus antiguas faenas en la Escuela Nacional de Bellas Artes, obras muy experimentales que quizá eran forzadas por la precariedad de los materiales utilizados para pintarlas. Esta obra pertenece a la colección plástica del Banco Atlántida
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Teresa Victoria Fortín Franco
Teresita -como cariñosamente fue conocida-, nació el 17 de noviembre de 1885 en el seno de una familia dedicada a la minería en los municipios de San Antonio de Oriente -departamento de Francisco Morazán- y Yuscarán -departamento de El Paraíso-, alejada de los centros urbanos de la época -Comayagua y Tegucigalpa- y por ende, aislada del quehacer artístico o cultural que -aunque escaso- podía existir en las principales ciudades del país en el último cuarto del siglo XIX. Su infancia y juventud quedaron marcadas por la incertidumbre política que vivía en ese entonces la nación hondureña, su familia cercana -parientes varones-, fueron cayendo de guerra en guerra, de montonera en montonera, y no sería errado afirmar que sus parientes femeninos igual fallecieran por las secuelas de esas fatalidades, incluida su madre -Rita Franco de Fortín-, cuyo deceso acaecido el 2 de junio de 1924 bien pudiera haberse producido por las precarias condiciones que la sociedad hondureña vivió luego de la incruenta guerra civil de ese aciago año, especialmente la ciudad capital, en donde el sitio de semanas convirtió la vida diaria capitalina en un martirio de hambre y dolor -en ese entonces, la artista y su familia radicaban en Tegucigalpa-. Su padre, Miguel Ángel Fortín, emigró años después hacia Europa, no sabiendo a ciencia cierta si obedeció el viaje a un exilio forzado o viajó en busca de mejores oportunidades.
Sus inicios en la pintura no pudieron haber sido más desafortunados, en 1928 Teresita se desempeñaba como directora en una escuela de Valle de Ángeles -municipio cercano a Tegucigalpa-, cuando su padre que radicaba en San Salvador falleció y ella debió viajar al vecino país. A su regreso a Honduras, compró materiales sin tener conocimiento o formación previa sobre el arte de pintar, en un cuaderno manuscrito que ella conservaba, la misma Teresita así nos lo cuenta:
Durante ese año estube como Directora de la Escuela Mixta en Valle de Angeles. El 26 de Julio me vine con permiso por motivo de la repentina muerte de mi papaíto (Miguel A. Fortín) ocurrida en S. Salvador. Regrese a Valle de Angeles comprando un equipo de pinturas y pinceles, sin tener noción siquiera de tecnicas, colorido y demás estudios de la pintura; empece a copiar de cromos, entusiasmándome cada vez más y más… (Fortín, 1997, citada en Oyuela, 1997, p. 50).
Leticia de Oyuela publicó en 1997 una obra fundamental para conocer la vida y legado de Teresita Fortín: Confidente de Soledad. Vida íntima de Teresa V. Fortín. En esta publicación se comparte el cuaderno de apuntes que llevaba la autora en el cual deja testimonio de hechos de su vida, entre tristes y dichosos, aunque hay que aclarar que aquellos de carácter trágico ocupan más espacio que los hechos felices de su longeva existencia. En su propia letra, en esta especie de diario, la artista cuenta los pormenores de cómo fue creciendo la idea de su primera exposición como artista, las personas que le apoyaron y sus inicios en el mundo del arte nacional luego de esa primera muestra que le abrió puertas y que le mostró que la pasión de su vida era la pintura en sus distintas manifestaciones. Cabe aclarar que al igual que en el libro de Leticia de 1997, en el presente escrito se ha respetado también la ortografía original del texto manuscrito de Teresita.
Una breve biografía de Teresa Fortín aparece en las páginas 14 y 15 de la publicación El arte contemporáneo en Honduras del año 1968, editada por el Instituto Hondureño de Cultura Interamericana y la Escuela Nacional de Bellas Artes
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Biblioteca Nacional, exposición del año 1931
Distintos medios impresos nos han legado referencias sobre la exposición que Teresita Fortín mostró en la Biblioteca Nacional el 31 de octubre del año 1931. Una publicación del año 1968 publicada por el Instituto Hondureño de Cultura Interamericana y la Escuela Nacional de Bellas Artes de ella refiere: «Artista nata que inició sus actividades plásticas en el año 1928, dedicándose al paisaje y a la interpretación de temas históricos, mitológicos y poéticos. En 1931 presentó su primera exposición bajo las orientaciones de Pablo Zelaya Sierra y Max Euceda» (El arte contemporáneo en Honduras, 1968, p. 14). Diario El Pueblo -cuyo director era Alfonzo Guillén Zelaya (1887-1947), publicó amplias reseñas de la exposición (1), en una de ellas firmada por el mismo Guillén Zelaya, éste informa de algunas de las obras que pudieron admirarse:
Si en estos cuadros la señorita Fortín nos demuestra la vivida percepción que tiene del paisaje y su manera singular de unir los colores que lo representan, debemos confesar que sus cuadros mejores, a nuestro modo de entender esas cosas, son aquellos donde su imaginación lo suple todo y lo combina de Manera sugestiva y llena de animación. Nos referimos a sus fantasías inspiradas en los relatos mitológicos, en el verso de sus poetas favoritos o en los cuadros religiosos de la historia (Guillén Zelaya, 1931, p. 1).
Amplía la nota enumerando algunas piezas que llamaron su atención, como un retrato de Lempira, o Pesca de sirenas, pintura inspirada en el poema homónimo del bardo Juan Ramón Molina (1875-1908) así como obras basadas en mitos de la antigüedad como Piramo y Tisbe o Ero y Leandro (así escrito en el original), pinturas de las cuales nos habría encantado encontrar un registro documental de las mismas ante el desconocimiento de su localización en el presente. Cabe mencionar, que esta exposición de 1931 contó con la participación de luminarias de nuestra historia como Luis Andrés Zúniga, Visitación Padilla, Carlos Zúniga Figueroa o Rómulo E. Durón, ello como muestra del apoyo tácito de la intelectualidad hondureña hacia la exposición. Teresita nos cuenta -en el libro ya citado de Leticia de Oyuela-, sus inicios en el arte de la pintura en 1929:
En este año y a fines del anterior fui invitada por Amalia Lanza y Lanza y Conchita Echeverría a pasar una temporada en el Agua Blanca cerca de Malanga. Fue allá donde hice mi primer cuadro al natural, yendo todos los días a las mismas horas a pintar la “Laguna”, siendo éste uno de mis cuadros que más gustaron. Regresamos en Febrero y continúe pintando mas y mas, hice la copia del cuadro “Dejad que vengan a mí los niños” empecé por hacer creaciones con motivos de los versos de Juan Ramón Molina “Péscame una Sirena” y “A un Pintor” por Luis Andrés Zúñiga. Así pase durante ese año… (Fortín, 1997, citada en Oyuela, 1997, p. 50).
Teresa Victoria Fortín. 1942. Pacto entre Morazán y Villaseñor en el paraje del Ocote, 11 de abril de 1842. Óleo sobre tela. 118 x 76 cm. Fotografía por Paúl Martínez en formato digital 35mm, 2022. La obra pertenece al Instituto Hondureño de Antropología e Historia y puede admirarse junto a otras pinturas de la artista en la colección permanente exhibida en la Casa de Morazán ubicada en el centro histórico de Tegucigalpa
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Mitad de siglo
La segunda mitad del pasado siglo XX no pudo iniciar mejor para el reconocimiento del papel de la mujer en la sociedad hondureña. El año 1955 marca un antes y un después en la relación de la mujer en el entramado social de la época, reconociendo finalmente el Estado de Honduras su derecho de ejercer el sufragio e instituir normativas de carácter legal que convertirían a las mujeres hondureñas en ciudadanas con plenos derechos.
Enero de 1955 comenzaba con la aprobación en el pleno del Congreso Nacional de Honduras del decreto No. 29 que concedió los derechos políticos a la mujer hondureña, ese mismo año Teresita Fortín expondría sus obras en la Escuela Nacional de Bellas Artes el 5 de noviembre, evento del cual Roberto Sánchez (1916-1982) haría una mención en el discurso que en 1960 pronunció en la inauguración de otra exposición de la artista, disertación en donde Sánchez rememoró:
Una exposición de pinturas de Teresita Fortín tuvo efecto en los salones de nuestra Escuela de Bellas Artes, inaugurada el 5 de noviembre de 1955 bajo los auspicios de la Asociación de Amigas del Arte en Honduras. Esta muestra artística habremos de considerarla como el mayor alarde de técnica y de expresión pictórica llevado a cabo por una mujer en nuestro país. Expuso en esta ocasión 63 pinturas al óleo, 3 acuarelas, 4 obras al pastel, 2 fantasías en barroco, 1 trabajo a la pluma y 9 ensayos plásticos. En total, 84 obras, que merecieron desde luego entusiastas y merecidas apreciaciones de los órganos de prensa de la capital y numeroso público asistente (Sánchez, citado en Discurso de Roberto M. Sánchez, 1960, p. 4).
Este discurso fue reproducido en la prensa nacional y de él transcribimos el extracto precedente, en donde Roberto Sánchez afirma que la artista presentó en esa muestra 84 obras realizadas en diferentes técnicas en distintos soportes, una considerable cantidad de piezas que demuestran la constancia de la artista, así como su dedicación permanente a producir y compartir su arte con la sociedad hondureña. La exposición de 1960 -en donde Sánchez pronunció el discurso citado- fue inaugurada el 11 de enero en los salones del Instituto Hondureño de Cultura Interamericana cuando sus instalaciones se hallaban ubicadas en Tegucigalpa, y se realizó en el marco de un Curso de Bibliotecología organizado por la Asociación de Bibliotecarios y Archiveros de Honduras dedicado a la entonces subsecretaría de Educación Pública Graciela Bográn (1892-1994). Seis años después, el 17 de mayo de 1966, la artista expone nuevamente en el mismo salón compartiendo 25 pinturas en diferentes técnicas y temática diversas (Obras pictóricas de Teresita Fortín en la galería del IHCI, 1966, p. 13), creándose luego un vacío hasta su siguiente exposición -que tituló Recuerdos-, realizada en 1975 y auspiciada por Leticia de Oyuela y su proyecto Editorial Nuevo Continente:
Esta muestra captaba, a la manera de Proust, todos aquellos momentos que ella consideraba relevantes en su trayectoria vital. Cada uno era un testimonio no sólo de su vida personal sino también del acontecer de la vida de la mujer en una sociedad que por represiva y conductualista inhibía el vitalismo (Oyuela, 1995, p. 79).
Teresa Victoria Fortín. 1977. La primera comunión. Óleo sobre tela. 80 x 35 cm. Colección particular. Fotografía por Evaristo López Rojas en película reversible en color formato 120mm, ca. 1990. Esta obra fue portada del emblemático libro publicado en 2001 por Rina Villars Para la casa más que para el mundo: Sufragismo y Feminismo en la Historia de Honduras, ahí se consigna el título de la obra superior como: Vida en familia, una muestra de las falencias de información que el arte hondureño tiene. Para el título La primera comunión, tomamos de referencia el libro de Leticia de Oyuela de 1997 en donde se reproduce esta pintura en la página 88 (aunque hay que aclarar que dicho libro no tiene número de folios)
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Leticia de Oyuela se convirtió en una cercana amistad de Teresita, alentándole a retomar su creación plástica y facilitando su exhibición, primero en 1975 y posteriormente en 1977, sendas exposiciones que devolvieron a la artista sus deseos de crear y plasmar en sus pinturas su mundo interior:
Así es como Teresita Fortín se convierte en la cronista de la sociedad hondureña, usando la riqueza de sus recuerdos personales. Toda esta riqueza íntima de un tiempo pasado y vivido está expresado en una autenticidad que es como una especie de estado de gracia, es la captación de un minuto estrictamente espíritualista, es la vivencia comunicable al espectador de un estado casi virginal del espíritu (Oyuela, 1995, p. 80).
Este renacer de su pasión por la pintura nos muestra otra faceta de la artista, ya que como bien lo expresa Leticia de Oyuela en su libro, Teresita ya no se vio preocupada por las limitaciones del material -tanto en soportes como en pigmento-, consideración que parece a simple vista sin relevancia, pero que cuando se piensa en el día a día del artista, el acceso a material adecuado es relevante cuando de pintar se trata. La terra laca y cartones que la pintora usaba en los sesenta, no son lo mismo que el óleo y el lienzo facilitados por la Galería Leo para tener una obra más acabada y ello se ve reflejado en las pinturas exhibidas en las dos muestras presentadas por Leticia y su galería en 1975 y 1977: «Pero volvió a renacer, surgió totalmente nueva, portadora de una ingenuidad asombrosa y poseedora de un candor propio de un recién nacido» (Leticia, 1997, p. 38).
Palabras finales
La carencia de bibliografía o registros documentales que identifiquen la producción de artistas nacionales es una debilidad que antes hemos señalado, y estas falencias se dimensionan cuando de artistas mujeres se trata, no solo a nivel país, es un hecho perceptible a escala mundial, solo basta ver la historia del arte universal en donde apenas se mencionan artistas mujeres, y aunque en el último siglo se han hecho acciones para remediar este a todas luces injusto reconocimiento de sus valiosos aportes, el problema aún subsiste, un ejemplo de ello lo expresa Manuel Segade -quien dirige el Museo Reina Sofía en España-, en la reseña de prensa de la exposición Arte contemporáneo: 1975-presente:
Queda pendiente una deuda que el director asume: la representación de mujeres. Un 35% de las que se exponen son artistas, es la primera vez que se muestra el trabajo de tantas mujeres, pero como reconoce Segade, no se cumple con la ley de igualdad y de representación. El pecado original se encuentra en la colección permanente, la materia prima de este nuevo discurso, que cuenta con menos del 15% de mujeres. La solución, dice el gestor, seguir comprando (Marcos, 2026, p. 41).
El Museo Reina Sofía es uno de los principales espacios museísticos de España, y si una institución de este nivel admite estas falencias, la problemática es más actual de lo que quisiéramos admitir (35 de 100 artistas en exposición es una cifra baja de mujeres en relación a hombres). Por desgracia, los ejemplos pueden citarse en cantidades nada esperanzadoras. La idea del proyecto Mujeres insignes en la historia de Honduras -del cual se derivan exposiciones homenaje como la presente-, busca visibilizar el trabajo plástico de grandes artistas que por una u otra razón el tiempo ha desvanecido su legado invisibilizando por ello su destacado papel en la historia del arte nacional, estas muestras son apenas una reducida selección de su vasta producción que nos pueden dar una idea de la misma y nos funcionan como un sentido homenaje visual a su memoria.
En una entrevista recién concedida a diario El País de España, relató Edith Bruck (1942) un recuerdo de sus desolados días vividos en Auschwitz, oscuro sitio en donde podía perecer cualquier atisbo de esperanza:
Para mí, que saliera el sol en ese lugar era una pena. Recuerdo que un día encontré margaritas entre dos bloques. Cogí una, era hermosa, yo era feliz. Pero un soldado me la arrebató y la pisó, algo estúpido y gratuito. Me preguntaba cómo podía crecer la margarita en ese lugar, pero allí estaba, era conmovedor (Bruck, citada en Domínguez, 2026, p. 5).
Teresita creció, vivió y pintó en las primeras tres décadas del atribulado siglo XX hondureño, ella fue como esa margarita que nació y creció en donde parecía imposible que algo hermoso pudiera florecer, pues citando nuevamente a Edith Bruck: «Nacer por casualidad/ nacer mujer/ nacer pobre/ nacer judía/ es demasiado/ en una sola vida» (Bruck, citada en Domínguez, 2026, p. 5).
La historia del arte hondureño ha padecido desde siempre una escasa atención: de los artistas, de los críticos, de la sociedad misma y de la academia también, todos tenemos una deuda por saldar en cuanto a este tema se refiere. Existen, claro está, honrosas excepciones: Longino Becerra (1932-2018) y Evaristo López Rojas (1941-2023) fueron los pioneros en el tema con sus libros de 1989 y 1994, Leticia de Oyuela con siete libros publicados de arte hondureño es referente obligado, luego de ellos la producción ha sido más modesta, pero todo ayuda para ir construyendo esa tan necesaria historia. La presente muestra reúne una pequeña selección de obras que esperamos den una idea general de la producción artística de Teresa Victoria Fortín que nos haga valorar más su legado e inspire otros homenajes que enriquezcan nuestro conocimiento sobre su obra y su vida, así como del arte hondureño en general y especialmente la vida de quienes lo han hecho posible.
Tegucigalpa MDC, Paraninfo Universitario, jueves 19 de febrero de 2026

