Liniea Arte Moderno

Comayagua colonial

 

Paúl Martínez
Fototeca Nacional Universitaria - UNAH

 

 

A inicios del siglo XVII, en el corazón de lo que es hoy el Centro Histórico de Comayagua, se inicia modestamente la construcción de la que se convertiría con el paso del tiempo en la imponente Catedral Inmaculada Concepción de Comayagua, edificación que fue posible gracias al empeño dedicado del obispo Fray Alonzo de Vargas y Abarca (1678) y continuada su labor por fray Juan Pérez Carpintero (1703). Por su dimensión y elaborada decoración es uno de los templos coloniales más representativos del país y es el símbolo por excelencia de la antigua capital del Estado de Honduras, su imponente fachada, decorada con bajorrelieves en estuco, se impone a la vista de residentes y visitantes que caminan por la plaza central León Alvarado situada enfrente de ella.

El Retablo del Señor de Salamé, es uno de los cuatro altares que decoran su interior, está ubicado a la derecha del altar mayor y es uno de los retablos más elaborados que podemos admirar de todos los legados del período colonial en nuestro país. Decora el segundo cuerpo del retablo una bella escultura de la Inmaculada Concepción, regalo del Rey Felipe III en 1620, fue realizada por Francisco de Ocampo, sobrino y aprendiz de Andrés de Ocampo, quien sería el que a pedido del rey realizaría la escultura del Señor de Salamé que hoy podemos admirar. Siempre en el altar mayor podemos admirar las imágenes de san Pedro y san Pablo son obra también de Francisco de Ocampo. Ambos artistas, son reconocidos exponentes de la Escuela Sevillana de Escultura, sus apreciadas obras decoran distintos espacios religiosos tanto en España, como en América, su legado ha llegado hasta nuestros días describiendo aquellas historias religiosas traídas por los primeros colonizadores españoles a nuestro continente. 

Fue en los inicios del siglo XVIII que el Retablo del Señor de Salamé fue construido como altar lateral izquierdo de la Catedral, su manufactura es similar a la del altar mayor por lo que puede asumirse que fue realizada por los mismos artesanos locales que hicieron éste. Consta de tres cuerpos en los cuales se entremezclan pintura y escultura, práctica artística muy común, ampliamente utilizada en la época de su elaboración. Su temática nos enseña elementos simbólicos que llevan a quien le admira a contemplarle detenidamente y pensar en sus significados para la consolidación de su propia fe. Contenidos muy usados en el arte barroco que buscaban en el dramatismo y en la fuerza estética de las obras transmitir con dureza la enseñanza del cristianismo basada en la Pasión de Cristo y en su sacrificio para la redención del ser humano.

Su figura central es el Cristo crucificado de piel morena tallado en madera por Andrés de Ocampo (1620), y quizá la última obra del célebre escultor español realizada para América. Este insigne artista nació hacia el año 1550-1555 en la Villa de Villacarrillo, en el Adelantamiento de Cazorla, fallece después de una larga y productiva vida en 1623 en Sevilla, y sus restos mortales descansan en la iglesia de San Vicente. Ocampo más que un virtuoso escultor, pronto se convirtió en uno de los mejores imagineros del siglo de oro de la Escuela Sevillana, sus obras se encuentran principalmente en España, particularmente en Sevilla se pueden admirar sus mejores creaciones.

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Aun cuando la imagen de Cristo en la cruz ha sido uno de los símbolos de la cristiandad más reproducidos en el arte universal, obras como está se destacan por el dramatismo sereno y la profunda tristeza que el artista logró transmitirle a uno de los momentos cruciales de la Pasión del Redentor: su crucifixión. En la sobria escultura miramos a un Cristo de perfectas proporciones, clavado tradicionalmente en una cruz de decorados troncos de madera que apenas sobrepasan las dimensiones del Redentor sujeto a ella. La figura de Cristo es representada en un momento ya de serena resignación, su cuerpo presenta la herida de lanza al costado derecho, elemento al que tradicionalmente el arte cristiano señala como la causa directa de su muerte. La cabeza ligeramente inclinada hacia su hombro derecho, cae sobre todo su peso con la vista entrecerrada en dirección hacia la tierra, las orbitas de sus ojos miran en sentido contrario y nos dejan entrever su reciente fallecimiento, los labios semi abiertos pareciera que acabaran de pronunciar las últimas palabras de súplica al cielo para el perdón de los seres humanos que le martirizaron. Al admirar esta escultura, podemos sentir que asistimos a los últimos momentos de vida del Redentor, este sentimiento de tristeza que el artista ha logrado transmitir en su obra, debía ser para el devoto del siglo XVIII que mirase el conjunto, un poderoso estímulo para aceptar la religión católica que apenas se consolidaba en el continente americano en sustitución de las antiguas religiones indígenas que en el primer siglo y medio de conquista, seguramente, aún continuaban practicándose.

El encarnado de la imagen del Señor de Salamé fue comisionado al pintor Antonio Pérez, delicado proceso de aplicar color a la piel de la escultura que le dió su característico tono moreno. 

Andrés de Ocampo, uno de los más claros exponentes de la Escuela Sevillana de Escultura nos ha dejado en esta obra, una pieza magistral de arte religioso, tanto por su realización, como por el sentimiento que hace sentir a quienes la observan. Encomendada a él por el mismo rey Felipe III y finalizada el año del deceso del artista acaecido en 1623. La escena completa nos transmite un enorme y abnegado sufrimiento, el artista ha conseguido con su obra, que todo aquel que la admire deseé sin dudarlo entregarse a las enseñanzas de Cristo y a redimir su sacrificio. 

La segunda escultura que decora el Retablo del Señor de Salamé es una Dolorosa realizada a tamaño natural, tallada en madera y ricamente estofada, representa como pocas, la imagen de la Virgen Madre que resignadamente acepta el sacrificio realizado por su único hijo para la redención de los seres humanos, en una de las mejores obras de la elaborada imaginería religiosa del barroco en América. Esta bella creación escultórica podemos admirarla en la Catedral de la ciudad de Comayagua.

Esta imagen nos muestra a una joven María con la vista ligeramente hacia arriba, como si mírase directamente al cielo que pareciera más cercano a su vista que al resto de los mortales, sus manos entrelazadas a la altura del pecho en señal de súplica están serenamente unidas, ni enérgicas, ni lastimeras, sino como en una apacible oración que le transmite al espectador serenidad ante el inminente fallecimiento de su hijo. Su boca es pequeña y sus labios delicados y delgados de un suave tono carmesí, parecieran estar a punto de abrirse pese al llanto contenido que les impide hacerlo. Su hermoso rostro es enmarcado por un elaborado manto dorado de finas decoraciones florales que realzan su serena belleza, el doblez de la tela en su tocado se une al movimiento de su ropaje creando la ilusión de ser un solo manto, el color de la tela es un verde azulado de fondo con elaboradas decoraciones florales en dorado. Debajo del manto, vemos una saya color granate que cubre los pies, las mangas de bordados también dorados cubren hasta sus muñecas, dejando ver la piel de la virgen solo en las manos unidas en oración y el delicado rostro de la madre suplicante.

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Todo el conjunto convierte a esta escultura en una joya única del legado colonial de arte religioso de Honduras y también de América, lejos de transmitir dolor o provocar lástima en los devotos que le admiran, esta imagen cautiva a quien le ve por su delicada estética que transforma un momento de dolor de la virgen madre, en un instante de reflexión íntima por parte del espectador. Su juvenil belleza pareciera eterna pese al sufrimiento que como madre del hijo de Dios tuvo que sobrellevar, dolor que le es necesario soportar para la redención de los pecados de la humanidad a través de la muerte de Jesús hecho hombre.

El detalle del rostro y la vestimenta de la escultura de la Dolorosa, nos enseña la maestría y el perfecto acabado logrado por los artistas del siglo XVIII que no solo han logrado en sus obras el dominio perfecto de la técnica, sino, más importante para el arte religioso, consiguen transmitir en sus obras el simbolismo de la religión cristiana, en este caso, el dolor sereno de la madre del Redentor en un momento difícil de sus abnegadas vidas.

Toda la decoración del retablo gira en torno a la Pasión de Cristo, sus obras están basadas en temas religiosos, en la parte alta del Retablo del Señor de Salamé se encuentra la obra del Divino rostro de Jesús, su realización no es tan acabada como las otras pinturas que adornan este Retablo, es una realización más ingenua, más parecida al gusto indígena de la zona. Esta adoración del rostro de Jesús, tomó auge a raíz de la aparición de reliquias traídas de medio oriente por los cruzados, entre ellas, las del manto que cubrió el cuerpo fallecido del Redentor y en el cual quedó grabada su imagen. En la obra que admiramos, Jesús es representado momentos después de haber sido flagelado, su cuerpo se le cubrió con un simple manto para cubrir las heridas del castigo aplicado y en son de burla, los soldados le confeccionaron una corona de espinas, mofándose de su supuesto reino, vemos que lleva también el lazo anudado a su cuello que utilizaron los soldados que le llevaban al Gólgota para arrastrarle en los momentos de mayor debilidad, vencido ya por el peso de los maderos de la cruz. Otra diferencia con las pinturas que decoran este Retablo, lo es la expresión angustiada del rostro de Jesús, en contraposición a la serenidad y la fortaleza que podemos admirar en él cuando observamos las demás obras, producto quizá de un dominio más teológico del artista del tema que debía representar. 

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Podemos admirar también en el Retablo una representación de Jesús en el huerto, después de compartir con sus discípulos la que sería su última cena, Jesús se retira a orar en silencio para encontrar la fortaleza que le permitirá soportar el martirio que solo él sabe que se avecina, en esta obra vemos la serenidad en el rostro de Jesús, sus labios parecieran próximos a pronunciar un último pedido de clemencia al cielo para salvar del pecado a los hombres que esa noche se ensañarán con él; con la certeza de que esa noche le harían prisionero, al dormir todos los discípulos que le acompañaban, Jesús busca en la oración la fortaleza y la serenidad para aceptar su destino, un ángel escucha sus pedidos, en tanto vemos en el fondo, a Judás guiando la escolta de soldados que se acercan al huerto en donde Jesús ora, para capturarle y llevarle a su juzgamiento. La realización técnica de las pinturas que decoran el retablo del Señor de Salamé se puede apreciar en ese detalle, en el fondo hacia la derecha del cuadro. Malco, el fiel sirviente de los miembros del Sanedrín lleva la lámpara que ilumina el camino de los soldados, la calidad en su ejecución nos permite distinguir hasta el más mínimo detalle de la obra.

El Prendimiento es una obra que nos recrea el relato de la detención de Jesús en el huerto de Getsemaní, instantes después de que Judás indicara a los soldados a quien debían detener delatando a su maestro con un beso. En medio de la confusión, Pedro hiere con una espada a Malco, el fiel sirviente de los miembros del Sanedrín y Jesús con la serenidad con la que siempre le representa el artista en esta serie de cuadros, cura la oreja herida de éste, ante la mirada sorprendida de todos.

Otro cuadro sobriamente logrado es el que representa La flagelación, un severo castigo reservado solo a esclavos y a los condenados a la pena de muerte. La flagelación es un tema recurrente en el arte religioso del período barroco por su marcado dramatismo, vemos en esta obra, el contraste entre la serenidad del semblante de Jesús atado a la columna y los rostros descompuestos de quienes armados de cuerdas y varas de espinas le infringen el terrible tormento. Un sereno Jesús recibe estoicamente los golpes de sus torturadores, personajes que en esta obra parecieran disfrutar a plenitud de su labor. En la mayoría de los casos, todos los condenados a este cruel castigo morían antes de que terminaran su labor los torturadores, lo que nos ilustra la inmensidad del dolor infringido a Jesús antes de su final crucifixión. 

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En la representación del Via crucis, Simón el Cirineo ayuda a Jesús a cargar la cruz en el tortuoso camino al Gólgota, el lugar en donde la tradición señala el sitio de su crucifixión. Luego del tormento de la flagelación, el cuerpo de Jesús se debilita y camina despacio la empinada vereda al cerro del Calvario, razón por la cual los soldados obligan a Simón a llevar la pesada cruz en la cual debía morir posteriormente el Redentor. En la iconografía cristiana y en particular en esta serie de óleos que decoran el Retablo del Señor de Salamé, la imagen de Jesús siempre se mantiene serena e impasible ante el martirio infringido por los seres humanos.

En la obra de la esquina inferior izquierda de la página, notamos claramente la inspiración del artista en el cuadro de Peter Paul Rubens que decora la catedral de Amberes, en Bélgica. En la obra del retablo del Señor de Salamé, San Pedro sostiene la sabana mortuoria, en tanto Nicodemo y San Juan cargan el cuerpo ya sin vida de Jesús, la virgen María y María Magdalena están al pie de la cruz, a estos personajes, el artista los destaca con un elemento de su vestimenta en color rojo, el color asociado a la Pasión del Redentor. Nicodemo, el rico mercader del Sanedrín, ayuda a San Pedro y San Juan a descender a Cristo de su cruz, en tanto la virgen María roza apenas la piel blanquecina de su hijo ya sin vida con lágrimas en sus ojos, María Magdalena de rodillas, con profunda ternura toma el pie de Jesús y mira la herida dejada por los clavos que le habían sujetado al madero de su crucifixión. Una dramática escena, resuelta de manera estética y sobria por el artista.

Esta pintura del Descendimiento se encuentra ubicada en el centro del tercer cuerpo del retablo a su izquierda. Siempre en el mismo nivel podemos admirar la pintura de San Pedro arrepentido, que corresponde a la imagen de la página siguiente, hacia la derecha en la parte superior, en esta obra vemos al padre de la iglesia en un momento de súplica al cielo, ya reconocida su traición a Jesús al negar ser su seguidor, tal como su maestro se lo había predicho. Al observar más detalladamente la obra, podemos apreciar la terrible aflicción que transmite el rostro arrepentido del primer padre de la iglesia católica, tras negar por segunda vez consecutiva el conocer al Mesías, en ese instante Pedro escucha cantar por tercera vez al gallo, arrepentido de haber negado a Jesús, mira al cielo y le pide inconsolablemente el perdón por la traición a su maestro.

Siempre en el tercer cuerpo del retablo, a la derecha de la pintura del Descendimiento, vemos el retrato de María Magdalena, la aureola sobre su cabeza, su manto profuso, y los brazos entrecruzados nos remiten al ser que arrepentido de sus pecados entrega su vida al evangelio y a la vida cristiana, su rostro pareciera implorar al cielo por el perdón de los pecados cometidos. En los evangelios, es María Magdalena la primera en anunciar la nueva a Pedro de la resurrección de Jesús, la asociación de estas dos figuras que acompañaron a Jesús, es un tema comúnmente usado para representar el arrepentimiento, así que no es casualidad que se utilice su imagen asociada a la de Pedro, ambos son la representación fiel del arrepentimiento, sentimiento que la iconografía religiosa de la época utilizaba comúnmente en las obras que decoraban sus iglesias. 

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La restauración del retablo del Señor de Salamé fue posible gracias al financiamiento de la Embajada de los Estados Unidos de América a través del Fondo de los Embajadores para la Preservación Cultural y una contraparte del Instituto Hondureño de Antropología e Historia (IHAH). En el proceso de restauración participaron: Aurora Caballero como restauradora principal y Elizabeth Caballero, Lilian Mazariegos, Rodulio Caballero y Enma Martínez como colaboradores. Miriam Zapata (Q.D.D.G.) entonces representante regional del IHAH coordinó todo el proyecto y gracias a su esfuerzo y entrega se culminó con éxito inaugurándose el día 7 de agosto del año 2013.

En el marco de este proyecto de restauración se realizó el registro fotográfico del retablo utilizado en la exhibición El Señor de Salamé en el Centro de Arte y Cultura de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras. La muestra se compuso de veinte imágenes que retratan dos esculturas en madera policromada y ocho pinturas en lienzo adheridas a un soporte de madera, mismos que decoran el retablo del Señor de Salamé, uno de los mejores exponentes del arte colonial religioso en nuestro país y también de América. La exhibición fotográfica se dedicó a la memoria de Miriam Zapata como homenaje póstumo a quien Comayagua, Honduras y en especial este servidor, siempre estarán en deuda por su inmenso aporte a la cultura y su entrega desinteresada al fortalecimiento de nuestra identidad nacional y al engrandecimiento de la ciudad y de los residentes de Comayagua.

Dolorosa. Detalle.


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El divino Rostro de Jesús.

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En la parte alta del Retablo del Señor de Salamé se encuentra esta obra del Divino rostro de Jesús, su realización no es tan acabada como las otras pinturas que adornan este Retablo, es una realización más ingenua, más parecida al gusto indígena de la zona. Esta adoración del rostro de Jesús, tomó auge a raíz de la aparición de reliquias traídas de medio oriente por los cruzados, entre ellas, las del manto que cubrió el cuerpo fallecido del Redentor y en el cual quedó grabada su imagen. En la obra que admiramos, Jesús es representado momentos después de haber sido flagelado, su cuerpo se le cubrió con un simple manto para cubrir las heridas del castigo aplicado y en son de burla, los soldados le confeccionaron una corona de espinas, mofándose de su supuesto reino, vemos que lleva también el lazo anudado a su cuello que utilizaron los soldados que le llevaban al Gólgota para arrastrarle en los momentos de mayor debilidad, vencido ya por el peso de los maderos de la cruz. Otra diferencia con las pinturas que decoran este Retablo, lo es la expresión angustiada del rostro de Jesús, en contraposición a la serenidad y la fortaleza que podemos admirar en él cuando observamos las demás obras, producto quizá de un dominio más teológico del artista del tema que debía representar.

Jesús en el huerto.

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Jesús en el huerto. Detalle.

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Jesús en el huerto. Detalle.

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El Prendimiento.

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La Flagelación.

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La Flagelación. Detalle.

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María Magdalena.

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San Pedro arrepentido.

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San Pedro arrepentido. Detalle.

1616 Ficha

El Vía crucis.

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El Vía crucis. Detalle.

1818 Ficha

El descendimiento de la cruz.

1919 Ficha

El descendimiento de la cruz. Detalle.

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