Evaristo López Rojas:
retratos de una sociedad que nos es desconocida
Por Paúl Martínez. Universidad Nacional Autónoma de Honduras, Fototeca Nacional Universitaria
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La fotografía como arte de retratar la vida
Evaristo López Rojas nació en la ciudad de Tegucigalpa el día 25 de diciembre del año 1941. Desde pequeño su mundo siempre estuvo ligado al arte y la cultura, pues creció entre proyectores, películas e impresoras tipográficas. Su padre fue un gran fotógrafo -Rafael López Rodas (1898-1991)-, su madre fue un gran modelo a seguir para su vida -Leonor Rojas Barón (1902-1987)-. Desgraciadamente, el trabajo fotográfico de toda la vida de su padre fue destruido por un pavoroso incendio que consumió por completo el local de la imprenta familiar hacia 1977, dejando una irreparable pérdida para la fotografía documental de nuestra nación y una lección para el propio Evaristo de la fragilidad del material fotográfico. De su entorno familiar viene entonces la inclinación suya hacia la fotografía, disciplina que con el tiempo llegó a dominar como pocos en nuestro país, pues trabajó en tiempos que había que saber a cabalidad el oficio de fotógrafo, por la sencilla razón de que con película -sea blanco y negro o a color-, los errores se pagaban caros pues no habían segundas oportunidades, el resultado de la toma fotográfica lo sabía el artista hasta que revelaba la película y si hizo mal la toma, pues no podía volver atrás para repetirla o mejorarla. Muy distinto a la facilidad moderna de hacer imágenes, en donde el resultado inmediato de la fotografía le permite aclarar u oscurecer, enfocar o elegir mejor su foco según su criterio al momento mismo de estar haciendo la captura.
Esta reseña del trabajo fotográfico realizado por Evaristo en el crematorio municipal del Distrito Central nace en realidad de las innumerables conversaciones que sobre el tema habíamos sostenido desde la primera vez que revisamos juntos estas imágenes muchos años atrás. Y al menos las que se comparten en esta muestra virtual, todas fueron impresas directamente de sus negativos originales dentro de las mágicas paredes del cuarto oscuro. Claro está, que el registro es más amplio, en esta reducida selección solo hemos tomado en cuenta los negativos captados en formato 120mm 6x6, queda también de este registro buena cantidad de originales en 35mm, tanto en negativos blanco y negro como también en película reversible en color.
Algunas de estas fotografías fueron exhibidas en el año 1997 en el Museo para la Identidad Nacional en la exposición titulada Reúse, recicle, rechace. Una de las pocas exposiciones formales de fotografía que Evaristo realizó. Y no por que no tuviese el material para montar una o diez muestras similares, sino porque dentro de su nobleza y humildad consideraba que no tenía su obra la calidad requerida para presentarla a un público, irónico, pues es de los más destacados y profesionales fotógrafos documentales de nuestra nación, sea que hablemos del siglo XX o de las primeras dos décadas del presente XXI. Su obra fotográfica en calidad y cantidad no tiene paralelo en nuestro país, pero su sencillez le hacía considerar su obra como un esfuerzo personal sin pedir nada más, y no el impresionante legado documental que nos ha heredado. Escribió en 1971 Roberto Sosa (1930-2011) en su poema La yerba cortada por los campesinos que «En realidad, / sólo / lo que hace el hombre / por enaltecer al hombre es trascendente» (Sosa, 2006, p. 41). Significa entonces que la vida y obra de Evaristo López Rojas bien merecen un inmenso pedestal de honor en la historia hondureña, pues su vida entera fue dedicada a enaltecer a su patria y a cada uno de los hondureños y hondureñas que habitamos esta franja de tierra ubicada justo en el centro de América.
Una ciudad que nos es desconocida, una sociedad a la que hemos desconocido
Protegerse. Eso fue lo que hizo el primer ser humano que cubrió su rostro. Protegerse físicamente de la luz, del frío, del golpe, del dolor de la naturaleza y sus inclemencias. Luego fue también para protegerse existencialmente, protegerse del otro, de los otros, del mundo. Esconderse tras un gesto tan instintivo como ingenuo, el último recurso para tratar de no estar, volverse invisible, de conseguir ser un anónimo, un sin nombre. Protegerse de las inclemencias sociales. Proteger lo único que es irremediablemente propio: el yo, el id, la identidad, lo privado, lo que somos, quienes somos (Menjívar, 2016, p. 5).
Así presentaba el crítico de arte Elmer Menjívar la muestra pictórica de Antonio Romero titulada Navarone del año 2016 que exhibía rostros cubiertos, o como bien lo escribió él mismo en el título del escrito: retratos sin rostro. …protegerse del otro, de los otros, del mundo… ¿Era esa la intención del niño retratado por Evaristo en la fotografía superior? Su identidad en el presente nos es desconocida, no sabemos tampoco qué edad tenía en esa mañana que Evaristo retrató su sobrio rostro cubierto con un pasamontañas improvisado con una rala camiseta ¿Habrá estudiado? Será en el presente un profesional trabajando en alguna institución pública o privada, ¿Habrá tenido descendencia? Habrá salido su progenie de ese espacio de exclusión que significa el vivir de la basura. No lo sabemos, lo único de lo que tenemos certeza en el presente es que esa ciudad desconocida que ha crecido sobre los desechos de otra -la ciudad capital de la República: el municipio del Distrito Central- es casi la misma que en 1997 Evaristo López Rojas registró con su cámara y exhibió en las salas del Museo para la Identidad Nacional. Triste es que la historia se repita generación tras generación, lamentable que pase un poco más de un cuarto de siglo desde que se registró esa fotografía y que en nuestros días podamos apreciar el mismo paisaje de hondureñas y hondureños excluidos del progreso social del cual tanto nos ufanamos como sociedades democráticas.
La fotografía superior es como en las pinturas del artista Romero un retrato sin rostro, sin identidad, salvo que en nuestro caso es lastimosamente también un ser humano sin futuro. Quizá haya tenido anhelos, esperanzas o sueños, pero su terrible condición de exclusión social hace que sea casi imposible el verlos cumplidos. Una víctima más de una sociedad injusta y egoísta, de una sociedad incomprensiblemente banal y superficial que envía a sus manos solo aquello que desecha y considera simplemente como basura.
Una ciudad oculta ante nuestros indiferentes ojos
Mafalda: -Me parte el alma ver gente pobre Susanita: -A mí también Mafalda: -¡Habría que dar techo, trabajo, protección y bienestar a los pobres! Susanita: -¿Para qué tanto? Bastaría con esconderlos (Quino, 2004, p. 151).
El diálogo precedente lo tienen Mafalda y su némesis inmanente interpretado por Susana Clotilde Chirusi: Susanita. La primera representa siempre el altruismo y la conciencia social, en tanto la segunda es fiel reflejo de la sociedad capitalista a la cual Joaquín Salvador Lavado Tejón (1932-2020) criticó permanentemente en su ahora universal tira cómica que tituló Mafalda. Quino -como firmaba sus creaciones-, construyó una historia que si bien parecía dirigida a los niños y niñas del mundo, nos enseña a los adultos problemas que las sociedades latinoamericanas solemos pretender ignorar, o parafraseando a Susanita: que bastaría con esconder para fingir que desaparecen y no preocuparnos más de su existencia. Así miré por primera vez la fotografía superior. Le mostré poco menos de una década atrás a Evaristo esta tira cómica de Mafalda, e inmediatamente que la leyó fue a su escritorio a traer la copia en papel fotográfico precisamente de la imagen superior y dijo que entonces debió haber escondido al niño para que no apareciera en la misma escena con el zopilote. Era cosa de esperar pocos segundos para que niño y carroñero no fueran parte del mismo espacio y tuviéramos una fotografía artística del zope como rey del mundo de la basura, pero las cosas no siempre son tan sencillas, y menos en el mundo del arte y la conciencia social.
El fotógrafo documental por regla general evita el camino fácil y complaciente del simple registro fotográfico bonito y etéreo, carente de denuncia y testimonio de cosas tristes del triste mundo que habitamos. El documentalista busca siempre el tortuoso y nunca gratificante camino de la verdad, aunque éste signifique que buena parte de la sociedad le acuse de carecer de sentido artístico y de ser un simple resentido social. Evaristo captó esta imagen con una lágrima entre su ojo izquierdo y el visor de la cámara, con un nudo en la garganta y un puño firmemente cerrado y listo para derrumbar barreras y prejuicios que condenaban al niño retratado a pelear con el ave carroñera por espacio y desperdicios de la bulliciosa ciudad capital que los excluía a ambos del reparto de la justicia y de la equidad.
Una sociedad inundada por océanos de plástico
La causa mayor de esa dificultad para frenar el calentamiento global está en la dependencia de los combustibles fósiles, y el plástico es un derivado de ellos: los ecosistemas acuáticos (ríos, lagos, mares) del planeta soportan hoy una contaminación de más de 140 millones de toneladas de plástico (Plástico y calentamiento global, 2023, p. 10).
Así señalaba un editorial del diario El País la problemática del plástico y su omnipresente existencia en nuestra vida cotidiana. El abuso que hacemos de su utilización a través de innecesarios empaques o envases que bien pueden ser de otros materiales menos contaminantes es aunque no lo creamos una sentencia de muerte, lenta e invisible, pero a la vez cierta y siempre esperándonos a la vuelta de la esquina:
Naciones Unidas ya lo había advertido: “Cada minuto se compran un millón de botellas de plástico y, al año, se usan 500 mil millones de bolsas. Más de 10 millones de toneladas de plástico acaban en los océanos cada año, amenazando la vida marina”, así, si se continúa a este ritmo, habrá más plástico que peces en el mar para 2050 (Rivera, 2023, p. 13).
Si hay plástico flotando en los océanos y convirtiéndose poco a poco en microplásticos, es obvio que haya plástico también en los peces que comemos o en toda especie marina que consumamos. Estudios advierten que hay microplásticos flotando en las nubes y no sería lejano el día que esos análisis confirmen que los respiramos cada día. La fotografía superior es una pequeña muestra de las toneladas de plástico que en envases llegan cada día al crematorio municipal del Distrito Central, sea la imagen tomada en 1997 -como la de Evaristo-, o una nueva que hagamos ayer o este mismo día. Es un camión que descarga miles de botellas plásticas ante la impaciente espera de un mar de seres necesitados de ingresos que ven en el hurgar la basura su único medio de agenciarse dinero: niños, niñas, adultos o ancianos, todos esperan que el camión deposite su contaminante carga para tomar de ella la mayor cantidad posible de envases que luego convertirán al venderlos en monedas que comprarán su diario sustento. Irónicamente, la carga repleta del contaminante plástico alimenta a hondureños y hondureñas que la misma sociedad ve como lastre que entorpece su desarrollo y felicidad social, triste ejemplo de la veracidad del dicho popular de que la basura de algunos bien o mal se convierte en la riqueza de otros.
En busca del tiempo y los sueños perdidos
…ese mundo inhumano en que se desarrollaba la vida de la pequeña tribu, inaccesible tierra incógnita a la que no llegaría yo nunca…
Marcel Proust así lo escribió y además añadiría: …y en donde jamás tendría acogida la idea de mi existencia… (Proust, 2022, p. 10, citado en Rojo, 2022, p. 10). Las citas precedentes son del libro En busca del tiempo perdido, y en noviembre del año 2022 que se conmemoraba el primer centenario del fallecimiento del escritor, su libro más famoso tomó cierto aire de novedad y fue por varias semanas leído nuevamente por un público numeroso que se hizo partícipe de los eventos conmemorativos en honor al literato francés nacido en 1871 y que publicaría esta obra maestra de la literatura universal entre 1913 y 1927. Y este era un escrito que solíamos con Evaristo comentar.
Ese mundo inhumano parecería ser la mejor descripción del espacio geográfico en que coexisten los seres humanos retratados en la fotografía superior, toma que es la continuación de la anterior, solo que en esta segunda imagen el camión que descargaba los miles de envases plásticos ya no es parte de la escena, ya depositó su carga que escarban niños, niñas, adultos o ancianos buscando desechos que les aseguren valiosos centavos con los cuales podrán comer ese día, pues son los excluidos de esa inaccesible tierra incógnita a la cual ellos no llegarían nunca y en donde jamás tendría acogida la idea de [su] mi existencia… En ocasiones el arte se vuelve la mejor ventana para conocer una sociedad en cualquier geografía y en cualquier era, para quien en el futuro admire la fotografía superior podría preguntarse muy confundido qué clase de sociedad condena a sus habitantes a luchar contra su prójimo por el desecho de tantos que descartaron antes esos objetos, eso si en el futuro la humanidad recapacita e intenta construir un mundo mejor. De lo contrario, si en lugar de evolucionar el ser humano se vuelve cada vez menos humano, fotografías como estas se convertirán en evidencias incomodas de lo que muchas sociedades temen admitir: que existe un reducido grupo social que vive sobre la miseria de otro grupo de la misma sociedad pero más numeroso y por supuesto excluido y negada su existencia.
No sería extraño entonces, que en esa distópica sociedad futura fotografías como estas sean incluso prohibidas pues dejarían en evidencia la desigual distribución de la riqueza en nuestras supuestas sociedades democráticas y obligarían a ver estas imágenes bajo los criterios de un manual parecido al que en el año 2013 publicó el International Press Institute titulado Use with Care. Solo que en este referido manual solo halláremos palabras, pero no está lejano el día en que a algún iluminado consejero de propaganda se le ocurra la idea de imponer un manual para ver y mostrar fotografías. En lugar de ello, nuestra preocupación urgente debería ser encontrar el tiempo y los sueños perdidos de aquellos hondureños y hondureñas retratados en estas imágenes que nunca han debido llegar a ser posibles (aclarando que lo que debe desaparecer es la causa de la pobreza, no la existencia de aquellos y aquellas condenados a ella).
Prometeo o Pandora: el mundo humano basado en elegir lo correcto
…En este mundo en el que hay tanta abundancia, es indignante que cada pocos segundos muera una persona de hambre, y que el Programa Mundial de Alimentos se haya visto obligado a recortar sus programas de ayuda esencial…
António Guterres -secretario general de la Organización de las Naciones Unidas-, así se lamentaba en su mensaje del Día Mundial de la Alimentación del presente 2023 (Guterres, 2023, p. 28). Le antecedía al citado párrafo las aterradoras cifras de «…780 millones de personas en todo el mundo están padeciendo hambre; casi 50 millones de niños corren el riesgo de morir de emaciación grave» Quizá entre esos 50 millones de niños y niñas del mundo que por adelgazamiento crónico corren el riesgo de fallecer de cualquier enfermedad que en un cuerpo alimentado y saludable no sería fatal, se encuentren los niños retratados por Evaristo. Pero en sociedades como la nuestra ellos son lastimosamente simple estadística, números fríos nada más.
Prometeo es el mito por excelencia de la antigüedad clásica griega, es quizá la alegoría más utilizada cuando al uso del conocimiento deseamos referirnos, y es que es lógico afirmar que el dominio del fuego es sin duda un adelanto que hizo dar pasos de gigante a la humanidad en la búsqueda de su supervivencia. Y si Prometeo roba a los dioses este fuego y lo entrega sin pedir nada a cambio a la humanidad, es comprensible que ello lo convierta en una especie de héroe y figura ejemplar para admirar. Pero como bien lo dice el secretario general de la ONU: es indignante que en un mundo de riquezas y elevados conocimientos, cada segundo una persona en el planeta fallezca de hambre. Parece que la humanidad en lugar de tomar el fuego que le ofreció Prometeo haya preferido vivir hurgando en la caja de Pandora a esperar qué nuevo esperpento sale de ella. El problema de ello es que los más vulnerables son los que sufren, especialmente los niños y niñas que ven truncada así cualquier oportunidad de tener un futuro digno o siquiera seguro. Y la fotografía de Evaristo es una palpable evidencia de ello. Prometeo o Pandora son historias antiguas que nos ilustran el poder que tiene el acto de elegir, podemos decidirnos por el fuego, la luz o el conocimiento, o podemos inclinarnos a las oscuras opciones que daba una caja que prometía poder o riquezas, pero que venía con desgracias y pesares incluidos.

